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Proyecto Adictos a la Escritura/Noviembre

Éste mes, nos tocaba escribir relatos cortos acerca de un tema, evitando utilizar las palabras claves que se tomarían para describir dicha escena. 

Solo hice una, porque estuve corta de tiempo, y a pesar de todo quería participar. 

La escena que escogí fue: Un encuentro amoroso, donde no se podían usar las palabras: amor, cariño, pasión, deseo o lujuria.

El relato que resultó fue el siguiente:

Tropiezos


Era increíble cómo el hecho de levantarte tarde podía darle un giro de setecientos grados a tu vida.

Esa mañana, lo último que Víctor se imagino, era que su despertador no sonaría. Pero eso fue lo que sucedió. Y como resultado, se levantó cuarenta minutos más tarde de lo que quería, ocasionando que en lugar de tomar una ducha minuciosa como cada mañana, tuviese que lavarse los dientes a toda máquina, colocarse un poco de desodorante y peinar su cabello rizado con los dedos en lugar de un cepillo y gel, intentando no parecer un perro recién bañado.

Se puso su elegante traje a una velocidad que el mismísimo flash envidiaría, y salió volando por la puerta de su pequeño apartamento, bien consciente de que tendría que hacer la mayor parte del camino a pie si quería evitar el tráfico. ¿Y por qué era tan importante llegar temprano, se preguntarán? Eso es sencillo. Hoy era el primer día de trabajo de Víctor.

Que, por lo visto, comenzaba con el pie izquierdo, tomando en cuenta los sucesos que siguieron en esa mañana:

Por salir a trompicones de su apartamento, llevaba la corbata desanudada a ambos lados de del cuello, mientras luchaba con su impecable chaqueta negro medianoche para que se mantuviera alejada del suelo, mantenía sus impolutos zapatos apartados del barro de la avenida y peleaba con el serio y eficiente maletín que había comprado para llevar todo el material que necesitaría en la oficina. Luchando furiosamente con la punta de su corbata, desesperado por arreglarla, desvió la mirada hacia su pecho por dos segundos. Dos segundos que ocasionaron el segundo desastre de la mañana: tropezar. Tropezar como un idiota con un desnivel de la acera y caer de bruces sobre el pavimento.

Pero la dura y fría acera no fue lo que recibió el impacto de sus noventa y tres kilos seiscientos. Fue un cuerpo, uno particularmente suave, que quedó atrapado entre él una descoordinada bola de carne humana y el suelo. Víctor se quedó sin respiración, mientras levantaba la mirada hacia la persona que había atropellado en medio de su torpe preceder. El par de ojos más bonito que había visto se encontró a medio camino con su mirada, logrando que su corazón se disparara en un frenesí atronador dentro de su pecho.

Se quedó ahí, mirándola, como el tonto más tonto del planeta. Hasta que ella carraspeó suavemente.

—Lo siento. ¡Dios, lo siento mucho! —se disculpó él, su rostro inundado por un rubor bochornoso de proporciones colosales.

Pero la chica, para sorpresa de él, no lo insultó como Víctor se había imaginado. Simplemente se echó a reír.

—Eso fue divertido. E inesperado —comentó ella, con la risa aún escuchándose en su voz—. No me mal entiendas, pero creo que sería mucho más cómodo levantarse del suelo ¿No crees?

La vergüenza de Víctor sólo aumentó ante lo que ella había dicho. Gimiendo internamente, se separó de ella, con movimientos precisos que no lo dejaran más aun en ridículo. Una vez en pie, le tendió la mano a ella hasta colocarla en posición vertical.

—¿Estás bien? —preguntó Víctor, preocupado—. No quise lastimarte en ningún momento, por favor discúlpame. No estaba mirando por dónde iba, y con lo torpe que sé que soy tendría que haber estado más pendiente de por d…

Cortó su explicación ante el gesto de ella para que se detuviera.

—Está bien. Deja de disculparte. No me he lastimado, tú no te has lastimado —le dio a su voz un tonillo interrogante, ante el cual él negó con la cabeza—. Excelente. Entonces está todo bien.

Ella le estaba sonriendo de una manera tan tierna, que él solo pudo mirarla ahí de pie, en medio del concreto pisoteado por transeúntes, escuchando la música alocada que el corazón le cantaba en el pecho.

—Soy Víctor —declaró. Su boca soltando las palabras incluso antes de que su mente se diera cuenta de lo que iba a decir.

—Soy Ana —ella volvió a sonreírle de esa manera tan suya, manteniéndolo atado a ese instante, a ese lugar, con ella—. ¿Quieres un café? De pronto siento que muero por uno.

Víctor simplemente asintió. No sabía por qué, pero ya no le importaba más si llegaba tarde al trabajo.



FIN

La Melodía en Mí

Hola, queridos lectores.

Hoy les traigo un relato muy cortito, con el que tuve la fortuna de participar en el concurso de Olga Salar, que celebra sus casi 2000 seguidores, y también el super éxito que está teniendo su novela Melodía Inmortal... 

Lo voy a publicar para que todos puedan leerlo (a ver si así me trae un poco de suerte), y estoy cruzando los dedos a ver si gano... 




Las notas del vals se deslizan por el salón de baile, flotando de aquí para allá delicadamente, como una bruma cálida y acogedora. Por una vez, me olvido de la torpeza de mis pies y me dejo llevar por el ritmo sutil de la música, que abandona lentamente las teclas del piano y se filtra entre mi ropa para acariciarme la piel de arriba abajo.

¡Oh, él es maravilloso!

Aunque hay otras parejas en la sala de prácticas, yo me siento en las nubes. Y es que mi cuerpo vibra de emoción cada vez que nuestras miradas se cruzan. Yo ya no puedo controlar a mi corazón, que se desborda de amor por él.

De pronto el ritmo cambia, y él desliza sus manos alrededor de mi cintura para hacerme girar sobre el suelo de espejos. Nuestros ojos se cruzan nuevamente, y la forma en que sus verdes pupilas me miran me hace sentir en el cielo, porque un pacto secreto se ha sellado entre nosotros a partir de ese instante.

Así que yo cierro los ojos, entregándome, y deseando que ese momento perfecto no acabe jamás.

Y perdiéndome en la melodía infinita…

Yo vuelo.



¡Deseenme suerte!
Hasta otra
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Relato Corto para el Concurso de Anna

Hoooola a todos...

Ayer finalmente pude terminar mi relato corto para el 1º Certamen de Relatos Cortos que se está llevando a cabo en el blog de Anna Soler. Como los requisitos pedían un máximo de dos páginas tuve que acortarlo mucho más de lo que pensaba, tal vez por eso el final les parezca un poco abrupto. En realidad me habría gustado extenderme un poco más, pero bueno reglas son reglas.

Tal vez escriba una continuación para él, pero no prometo nada, ya lo veremos.

Sin más, aquí se los dejo:


¡Te Tengo!




—Y los declaro marido y mujer.

Eva ahogó un sonoro bostezo mientras el sacerdote finalizaba la ceremonia.

—Ahora puede besar a la novia… y, bueno, ya saben lo que sigue.

La persona que estaba sentada a su lado le dio un brusco codazo en las costillas cuando Eva bostezó nuevamente. En medio de su aturdimiento, giró la cabeza hacia su furioso agresor, para descubrir que se trataba de Mónica, una de las amigas de su hermana.

Eva se encogió de hombros, en un torpe intento de disculpa, pero no se sentía culpable de nada en realidad. La verdad era que siempre las ceremonias ostentosas le habían resultado muy aburridas. Sin embargo, esa vez era su hermana, Érika, quien se casaba, por lo que había accedido a ser su madrina durante el acto eclesiástico, y —por supuesto— tenía que acudir al ensayo de bodas.

Perfecto. No había ningún problema en ello ¿Verdad?

Solo que después de haber ensayado sus respectivos personajes —habiendo dicho todo lo que tenía que decir y haciendo todo lo que debía hacer— se había sentado en uno de los bancos de la iglesia, mientras Érika y su casi esposo Peter, intercambiaban sus votos de amor y completaban toda aquella parafernalia. Lamentablemente, después de haber acabado con su parte, la ya muy conocida pesadez que todas aquellas pompas ceremoniales le ocasionaban, la habían inundado completamente, provocando la cadena de bostezos nada sutiles por las que ahora Mónica la miraba con aquella expresión de incredulidad airada, como si para ella fuera inconcebible que Eva estuviera muerta de aburrimiento en el ensayo de bodas de su hermana.

Lastimosamente para Mónica, a Eva no podría importarle menos lo que pensara de ella. Había acudido al lugar, dicho su parte, actuado como si estuviera completamente interesada en lo que estaba haciendo y esperado a que finalizara todo antes de largarse, cosas que, tratándose de ella, eran algo sumamente raro en su comportamiento, y Érika lo sabía.

Cuando los tortolitos dejaron de lanzarse miradas y besos, bajaron del altar para unirse a la concurrida audiencia que los acompañaba. Érika inmediatamente la buscó por toda la iglesia con su típica mirada afilada, sus ojos verdes examinando a cada persona presente como un halcón dispuesto a lanzarse sobre su presa. Eva le hizo señales para que pudiera reconocerla entre toda esa gente, y de inmediato caminó hacia ella.

—Felicidades por tu casi matrimonio, hermanita —dijo abrazándola fuertemente.

—Te diría gracias —contestó— pero me da la impresión de que así no te vería por aquí mañana. Y definitivamente, eso no es lo que deseo.

—Oh, vamos —murmuró con fingiendo sentirse ofendida— Sabes que no te haría eso a ti.

Érika sonrió.

—Sí, lo sé.  Y también comprendo que esto —señalo con los brazos la amplia capilla— no es lo que preferirías hacer un viernes por la noche.

Eva desechó sus palabras con un gesto de la mano.

—Saber que haría cualquier cosa por tu felicidad —dijo— aunque eso incluya asistir matrimonios aburridos.

—Es por eso que lo valoro todavía más. Y hablando de eso, aún no me has dicho…

Érika se interrumpió cuando un emocionado cortejo nupcial la arrastró sin miramientos hasta rodearla con un círculo de gritos confusos y abrazos emocionados. Eva se encogió de hombros, ya hablaría con su hermana luego, en ese momento, debía volver al trabajo. Solo le habían permitido una media hora libre para ir al ensayo, ya que el acuerdo con su jefe era trabajar una hora más en las tardes para que le permitiera tomarse todo el viernes libre. Ya que —según su hermana— si no lo hacía no les daría tiempo de terminar de los complejos procesos de acicalamiento femenino previos a ese tipo de eventos. Como Eva no asistía a bodas muy seguido, imaginaba que su hermana tenía razón, por lo que hizo lo que le pedía.

Aunque para ella todo aquello fuera un alboroto sin sentido.

Había decidido mucho tiempo atrás que nunca iba a casarse. Simplemente la vida conyugal nunca podría formar parte de su personalidad. No podía verse unida a un hombre para toda la vida. Tantos años luchando contra…

Sus pensamientos se interrumpieron cuando la turba furiosa en que se había convertido el público chocó contra ella, empujándola hacia los escalones de la entrada de la iglesia sin demasiada delicadeza. Eva intentó sostenerse de algo, de alguna baranda, pero no había. Además, inoportunamente descubrió que sus zapatos, si bien estaban a la última moda y eran muy lindos, no la ayudaban a conservar el equilibrio. Vio como el mundo giraba de cabeza un segundo antes de cerrar fuertemente los ojos y sentir como inevitablemente comenzaba a caer…

O eso le pareció hasta que un par de fuertes brazos la pararon en seco.

Asombrada, Eva abrió los párpados para encontrar al más bonito par de ojos marrones que hubiera visto nunca. Levantó las manos en un intento por agarrarse a algo, pero sólo pudo posarlas sobre los fuertes hombros que había al final de esos brazos que la sostenían a solo centímetros del suelo, en medio de las escaleras.

—Te tengo, muñeca —murmuró la ronca voz del sujeto.

—Vaya —respondió ella— Gracias, a eso llamo tener buenos reflejos. —El apuesto hombre sonrió, aún sin soltarla, y Eva solo pudo pensar en una cosa: Tal vez había subestimado mucho los ensayos de boda en el pasado. Y sonrió, también. 

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Relato para el concurso de Nina-Neko

NOSTALGIA




Que hermosa tarde de otoño.

Desde aquí, puedo escuchar el trinar de los pájaros, y admirar su vuelo alto y libre, rápido, mientras emprenden el viaje de regreso a casa, donde sus familias los esperan.

También, percibo como se van extinguiendo los últimos rayos de sol mientras encienden el firmamento con su luz, llenándolo de miles de colores diferentes. Aunque mi vista ya no es la misma de antes, me siento aquí todas las tardes mientras el astro dorado baña de calidez a toda la ciudad, brillando en las ventanas de los altos edificios tan comunes hoy en día, pensando.

¿No es increíble la naturaleza?

Cada día hay un nuevo amanecer, que ilumina el nacimiento de esperanzas, sueños y alegrías. Cada mañana abro los ojos con un profundo deseo dentro de mi corazón. Ojalá tuviese el poder de revivir el pasado, no para cambiarlo, porque bien sabe Dios que no hay nada de lo que me arrepienta, solo quisiera, por una instante, poder verte una vez más.

Pero claro, así como inicia un día con la llegada del sol, él mismo se lo lleva al momento del atardecer. Siempre. Cada esperanza perdida, cada sueño no realizado muere con él. Tal vez nazca de nuevo otro día, tal vez no. Yo solo sé que cada tarde veo extinguirse la luz y tú ya no estás a mi lado. Lo intento. Intento ser fuerte y vivir el resto de mi tiempo con dignidad, pero a veces fallo. ¿Cómo puedo seguir viviendo como antes, si mi corazón me abandonó? Porque tú eras mi corazón. No hubo un día que no te lo dijera, porque no quería que tuvieses dudas al respecto. Eras mi corazón, siempre lo fuiste y siempre lo serás.

Algunos días evito pensar en eso, para que la desesperanza no me consuma y se lleve lo poco que queda del hombre que conociste. Pero es difícil. Más cuando te extraño tanto. Oh, Aubrey. ¡Cuánto te echo de menos!

Sobre todo en los momentos, como ahora, que la calidez del sol invade mi piel fría, como un triste substituto de tus manos. ¡Cuánto me enseñaste de la vida!, y ya no estás aquí para vivirla conmigo.

Tus preciosos ojos ya no pueden apreciar la manera en que el cielo se colorea de púrpura, naranja y rosa, como una aurora boreal en pleno septiembre. Ya no se abren cada mañana para mirarme con amor, incitándome a ser cada día un mejor hombre, un mejor esposo, un mejor padre. Ya no me vez, mi amor, para regañarme cuando comía un pastel azucarado malo para mi diabetes. Ahora solo puedo ver tu sonrisa en mi mente, y constantemente me pregunto tantas cosas: ¿Qué pensarás? ¿Cómo te encuentras? ¿Me estas mirando? ¿Te sientes orgullosa de mí, de tus hijos y nietos? ¿Eres feliz allá en donde estás? Yo espero que sí, no, yo deseo que sea así, porque tú sólo mereces lo mejor. Mereces ser amada aún más allá de la muerte.

Mi viejo corazón ya no es tan fuerte como antes, Aubrey. Me duele, cada vez más, cuando abro los ojos y no te veo a mi lado en la cama. Ya no siento tu calor entre las sábanas, ni tu aroma impregnándome. ¿Quién hubiese pensado que las cosas más cotidianas serían las más difíciles de soportar? Las noches frente a la chimenea, escuchando las noticias. O las navidades cuando venían los niños y pasábamos todo el día rodeados de risas y gritos. Que buenos eran aquellos momentos.

Por cierto, los niños están bien. Jack y Rose han tenido otro hijo este verano, Jamie. Ellos dicen que se parece a mí, pero yo no lo creo. Es decir, ¿En dónde pueden ver un parecido entre esa criatura lozana y maravillosa y un viejo arrugado como yo? Pero de algún modo, me hace sentir mejor. Amy ya va a la universidad, y creo que planea casarse con ese muchacho de Wisconsin con el que sale desde hace un año. Robert no quiere oír hablar del asunto, pero a mí me cae bien. Kasie y Emily cumplieron once años en abril, y de sobra está decir que ellas también te extrañaron mucho, sabes cómo les gustaba sentarse sobre tus rodillas y escucharte cantar. Maddie viene casi todos los días a verme, para asegurarse de que tome mis medicinas. ¡Ja! Como si alguna vez pudiera olvidarlas, llevo tanto tiempo tomándolas que mi cerebro coordina mis movimientos por si solo para ingerirlas. Y bueno, tantas y tantas cosas sobre todos que podría contarte, pero estoy seguro que tú los vez desde allá arriba, y los guías hacia la felicidad con esa sonrisa paciente que era tan tuya.

Es extraño, ¿No? Como la vida sigue su curso, y sin embargo tú ya no estás aquí.

Pero igual te siento. Hay incluso momentos en que juraría que puedo sentir tu mano en mi enjuta mejilla, apoyándome. Alentándome a no darme por vencido aún. En las noches, antes de quedarme dormido, puedo escuchar el susurro de tu voz, arrullándome igual que lo hacías cando tenían pesadillas alguno de los niños. Tal vez eso es lo que más extraño de no tenerte. Tu voz.

Puedo escucharte en mi cabeza, pero abro los ojos y no estás. Puedo verte con los ojos de mi imaginación, pero no puedo tocarte. ¿Por qué te fuiste tan pronto? No me diste tiempo para acostumbrarme a tu ausencia, digo, si es que alguna vez alguien pudiese acostumbrarse a la ausencia de un ser amado. No me diste la oportunidad de decirte una vez más que te amaba, de darte las gracias por todo lo que en vida me diste y que es incomparable a todo lo demás. No pude apretar tu mano en el momento final, ni sostenerte hasta que hubieses cruzado el camino. Hay tantas cosas que no pude hacer por ti…

¿Me escuchas alguna vez, Aubrey? ¿Te arrepientes de algo? Espero que no, eso sólo le minaría las pocas fuerzas que le quedan a mi corazón.

Dos años han pasado. Dos años sin ti. Y se siente como una maldita eternidad.

Ven a buscarme, Aubrey. Sabes que cada noche te espero, para poder ir contigo al paraíso de Dios.

Los chicos ya han crecido, tienen sus familias y sus vidas. Y sé que van a echarnos de menos a ambos, pero ellos lo entenderán. Saben, tan bien como yo, que estos dos años he sido un hombre incompleto, porque tú eres parte de mí, mi amor. Aún hoy, vives dentro de mi corazón, recorres mi sangre con tu amor, empañas mis ojos con tu belleza, saturas mi nariz con tu aroma y destruyes mi alma con tu ausencia.

Ahora voy a levantarme de esta silla, y regresar a la monotonía de mi existencia sin ti. Aunque me gustaría quedarme fuera para examinar las estrellas a ver si te encuentro en alguna de ellas, hace demasiado frío para mis cansados huesos. El invierno se acerca, para cubrirlo todo con su manto frío, incluso mis esperanzas.

Aún recuerdo cómo te gustaba el invierno, y como cada navidad me regalabas un suéter diferente tejido por ti. Quiero que sepas que los conservo todos, en el orden exacto en el que me fueron concedidos. Los tengo como un recuerdo más de lo que significas para mí, lo mucho que todavía te amo.

¿Sabes? Aún conservo tu jardín de rosas. Si. Invierto ciento sesenta dólares mensuales en el Sr. Freeman, el jardinero, para que lo mantenga tal cual como tú lo conservabas en vida. Cuando extraño tu aroma, me siento en medio del jardín e inhalo profundamente tantas veces como me permitan mis doloridos pulmones, y de una extraña manera, siento que estás de pie a mi lado, inspirando también el perfuma de las rosas en primavera. Tu época favorita del año. A veces sueño con que un día, vendrás a mí nuevamente y verás tu jardín intacto, y de alguna manera te sentirás orgullosa de mí y de lo que he logrado desde que te fuiste. ¿Raro verdad? Algunos días creo que estoy obsesionándome contigo, y eso no me gusta. Porque si no me obsesioné contigo en vida, no quiero obsesionarme con tu muerte, no es sano para ninguno de los dos.

No sé cuantas veces he reflexionado sobre esto. Cientas, miles tal vez. No he llevado la cuenta. Pero cada noche, cuando cierro los ojos pienso en todas las cosas que quisiera decirte y no puedo. Me mata, Aubrey. Como una enfermedad lenta y dolorosa. Que marchita todo dentro de mí, mis órganos, mis pensamientos, mis esperanzas… pero si hay algo que he aprendido en estos dos largos años, es que el amor tiene dos caras.

Tu y yo tuvimos suerte, y vivimos el amor bueno mientras estuvimos juntos. No fue siempre fácil, pero lo fácil nunca vale la pena, y no hay nada para mí que haya valido más la pena de luchar, que tu amor. Fuimos parte de algo mucho más grande que nosotros, de ese amor que te hace reír, soñar, volar… Ay Aubrey, pero nunca imaginamos cuán dura sería la caída. Porque desde que no estás, siento que estoy cayendo constantemente. Estoy desorientado, perdido y asustado. Nuestro amor no nació ni vivió de la costumbre. Nuestro amor fue puro, profundo e ilimitado. Tanto, que aún después de todos estos años juntos y ahora separados, yo te sigo amando.

Te amo.

Como el primer día en que te vi. Como te amé cuando aceptaste casarte conmigo, tanto como te amé cuando nacieron nuestros hijos, y tantas otras veces que ni siquiera puedo mencionar. Te amo, te amo, te amo… nunca lo dudes, mi amor. Yo jamás he dudado de ti.

Ahora estoy entrando a la casa que ambos construimos con esfuerzo y un montón inmenso de dedicación. Tal vez no sea la casa más grande, ni la más elegante de todas las que hay por aquí, pero fue nuestro hogar. Aquí vivimos todos nuestros buenos y malos momentos, en ella crecieron nuestros hijos, y dentro de ella aún perduran todos nuestros recuerdos. Están impresos en las paredes, llenándolas de color.

Cada vez que recorro con mis débiles pies los pasillos, escucho tu voz  tarareando en la cocina. Recuerdo una vez cuando Robert tenía diez años, y juntos organizamos una sorpresa para ti. Era tu cumpleaños. Pero ni siquiera nuestras mentes juntas superaban tu sabiduría de madre. Nunca pudimos sorprenderte en grande, porque siempre adivinabas nuestras intenciones. Que puedo decir, nunca fui bueno para la actuación, y menos si se trataba de esconderte algo a ti. De eso puedes estar segura, nunca te mentí. Y tú, para mi gran felicidad, jamás dudaste en aceptarme incluso con mis peores defectos.

Solías decir que yo era más obstinado de una mula de carga, temo que eso es verdad. ¿Sino cómo explicar el hecho de que aún estoy aquí, de pie y solo? También reconozco que soy orgulloso, a veces demasiado, y que no era el más apuesto de los hombres. Pero a tu lado me sentía como un rey. Tu belleza siempre me impactaba y, en ocasiones me preguntaba ¿Cómo alguien tan especial puede amarme a mí, que soy de lo más común? Tal vez nunca haya una respuesta lógica para eso, y lo agradezco a los cielos. Dios sabe que lo hubiese dado todo y más por vivir la vida que vivimos.

Ahora estoy entrando en nuestra habitación. Y el frío que templaba mi cuerpo poco a poco me abandona. De repente me siento tranquilo, en paz. Es como si tu espíritu me acompañara y envolviera los retazos de mi corazón derrotado. Estás aquí, velando por mí, empujándome un poco más hacia adelante, facilitándome el camino. Miro todas las fotos, ventanas a momentos pasados llenos de dicha y mi pecho se estruja frente a tu recuerdo. Siento las lágrimas inundar  mis ojos en todo momento, y sé que no debería llorar, porque tuve y tengo mucha suerte en mi vida. Pero no quiero tragármelas. No es signo de debilidad llorar por la persona que amas y que extrañas más que nada en el mundo.

Siempre admiraste mí fuerza Aubrey, pero ya se me acabó. Estoy agotado.

Exhausto.

Guíame, por favor, como tantas veces en el pasado. Toma mi mano y libérame de esta pesadilla que es no tenerte más.

Hoy, en el día de mi cumpleaños, regálame aquello que he deseado desde que te fuiste. Aquello que nadie más puede darme ahora.

Devuélveme la felicidad, querida. Llévame contigo por el camino correcto, hacia el futuro infinito que nos espera en la eternidad.

Estoy listo, mi amor.

Aquí, acostado en nuestra cama. Repaso constantemente todo lo que vivimos juntos y me siento feliz. Soy feliz sólo por haberte conocido. Por haber compartido tantos años a tu lado. Me diste tanta dicha y tanto amor, que sólo me queda una cosa más que pedir.

Estoy cerrando los ojos Aubrey. Y puedo sentirte, ya vienes por mí.

¡Al fin! Mis huesos pueden descansar. El peso de mi alma se debilita. Y sonrío. Porque pienso recibirte igual que siempre, con una sonrisa en mis labios. Estás contenta, también, puedo sentirlo. Y eso me da fuerza para dar el último paso.

Puedo verte, una vez más. Y mi corazón vuelve a latir con la expectativa de que no vamos a volver a separarnos jamás. Oh, mi amada Aubrey, cuánto te he extrañado desde que te fuiste. Pero eso ya no importa, porque has vuelto por mí.

Te amo Aubrey.

Tomas mi mano, y me guías a caminar junto a ti. Gracias Aubrey, por rescatarme de mi tortura. Gracias por amarme tanto como yo te amo. Y gracias, por venir a buscarme. Juntos, velaremos por todos los que nos aman también.

Gracias.

Tú y yo, vamos a amarnos para siempre.


FIN


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Cambios, Parte 1. (Primer día del Maratón de la Escritura)




Danielle estaba hastiada de todo.

Eso fue lo que concluyó en ese instante, mientras miraba las olas romper contra el muro de piedras bajo sus pies.

Tanto esfuerzo, tantas horas de sueño sacrificadas, viviendo en un país extraño. Todo para nada. Todo para que el desgraciado de su jefe arruinara su carrera en la empresa con su denigrante “Propuesta de Negocios”

Pateó el suelo rocoso con furia solo de recordarlo. ¿Cómo no hacerlo? Cualquier mujer decente se sentiría ofendida. Y el muy cerdo la había mirado con aquella cara de suficiencia, como si él fuera un manjar irresistible, y ella estuviera demente por no considerar su obscena proposición.

Su feje la había llamado a su oficina para hablarle de un asunto importante. A Danielle le extrañó, pero no iba a cuestionar al presidente. Así que obedientemente se presentó en su despacho, ricamente amueblado y claramente masculino. Él estaba enfrascado en unos papeles revueltos sobre su escritorio, con su característica expresión seria. Ella lo detalló rápidamente, admitiendo que, a los cincuenta y tantos que tendría, Arthur Thompson aún conservaba ecos de su juvenil belleza. El cabello color chocolate, con uno que otro hilo plateado por acá y por allá, siempre estaba cuidadosamente peinado. Su rostro libre de barba, con esos ojos oscuros que no se perdían ni un solo detalle de lo que pasaba en su empresa, su nariz recta y labios duros. Acompañado todo por  sus impecables trajes de etiqueta y corbatas sobrias.

Era la imagen perfecta de un ejecutivo de mediana edad, exitoso y distinguido. Pero Danielle nunca lo había mirado con algo más allá de curiosidad. No como muchas de sus otras compañeras, que secretamente suspiraban por el jefe.

Hay una reunión con los presidentes de Skin Products y Softly Beauty esta noche —le había dicho— y creo que sería bueno para ti asistir.

¿En serio lo cree? —interrogó, un poco perpleja por su comentario.

Por supuesto. Si te interesa, ve como mi acompañante. Mandaré el vestido que debes usar a tu dirección y pasaré a buscarte a las ocho en punto.

Pero Sr. Thompson. Eso no será necesario, ninguna de las dos cosas —lo miró extrañada— Si llegamos juntos, la gente pensará algo indebido.

¿Y tú? —inquirió levantándose de pronto de su butaca presidencial y caminando hacia ella— No me digas que no te atrae la idea. Es una oportunidad única de lograr lo que deseas en la empresa.

¿Cómo dice? —Danielle caminó hacia atrás para poner distancia entre ellos, mientras captaba el verdadero matiz de sus palabras— Se equivoca. Yo nunca lo he mirado de ese modo.

Eres una mujer muy hermosa, e inteligente.

Deténgase —pidió levantando ambas palmas hacia él.

No te hagas la inocente conmigo Danielle. Te he estado observando.

Danielle no podía creer el rumbo que estaba tomando toda la situación. No quería creerlo. Pero él se lo estaba dejando más que claro con su actitud. Ella simplemente no lo vio venir, así que trató en vano de  sacudirse la mano masculina cuando la tomó por el brazo, pero el tipo era mucho más fuerte. Con brusquedad la acercó a él, pegándola a su traje Armani de mil dólares.  

Deténgase, por favor. Esto no está bien. —Pidió mientras forcejeaba para liberarse— Sr. Thompson ¿Qué cree que está haciendo? ¡Suélteme ahora mismo!

Vamos, vamos, tranquilízate. Sabes tan bien como yo de lo que hablo. No es la gran cosa.

¡Basta ya! —gritó, desesperada.

Solo algunas noches, dos o tres. ¿Quién sabe? Tal vez resultes una sorpresa— el desgraciado tuvo el descaro de sonreírle— ¿No te agradaría, Danielle? Sé que quieres un ascenso. ¿Tal vez con tu propia oficina?

Ella se removió con fuerza, ofendida y sin poder creer lo que el hombre le estaba diciendo. ¿Pero, se había vuelto loco? Le estaba ofreciendo acostarse con ella a cambio de su ascenso. Ese que ella se merecía después de casi cuatro años de arduo trabajo. ¿Cómo diablos había terminado todo así?

No sé por quién me toma, pero ciertamente nunca me acostaría con usted para conseguir lo que me he ganado con mi esfuerzo.

Él la había mirado circunspecto, ciertamente no contento con su respuesta. Pero no había terminado de  humillarla todavía. ¡Ah no! Claro que no.

Me temo que tenemos un conflicto de intereses aquí. Ya sabes lo que quiero de ti, y lo conseguiré Danielle. A menos que desees quedarte sin empleo.

Ella abrió sus ojos, incrédula, ante la amenaza clara de su jefe. El muy cabrón iba a despedirla si no aceptaba sus condiciones. ¡Maldito! Él y todos los condenados hombres por creer que pueden utilizar a las mujeres cuando se les antoja.

Estaba furiosa, dolida y ofendida. Pero su criterio nunca vaciló. Ni por un segundo se detuvo a considerar sus palabras, porque no había ni un gramo de verdad en ellas. Si caía en la trampa, se denigraría por puro gusto, porque él jamás le ayudaría a escalar dentro de la estructura de la empresa. No, a él le convenía mantenerla allí, justo donde podría manejarle.

¿Y bien? ¿Qué respuesta me das? Mira que no tengo todo el día, y esto ya se tardó bastante más de lo esperado.

Lo siento —estaba tan molesta que solo le salió un siseo furioso, en lugar de la voz firme que deseaba. Carraspeó— Me temo que tendré que declinar su generosa oferta.

¿Lo has pensado bien? —inquirió, como si estuviera hablando del clima— No creo que se vuelva a repetir esta oferta.

No ha nada que pensar. Jamás pensé que usted fuera esta clase de persona. Es decepcionante.

Él la miró por unos segundos, analizando sus palabras. Como si estuviera considerando qué hacer ahora. Danielle se preguntó si estaría reconsiderando lo de su despido. Pero no le importó, de igual manera, ella no iba a quedarse trabajando para alguien así.

Adiós, Srta. Miller. Recoja su paga con mi asistente. Que tenga un buen día.

Ella lo miró, sus ojos empañados de decepción y vergüenza ajena, y se marchó. Recogió sus cosas rápidamente, sin hacer caso a las miradas curiosas y perplejas de los demás, y abandonó aquel despreciable lugar.

Y así había terminado sola y desempleada en la playa. Mirando el acantilado bañado por la fuerza violenta del océano y considerando seriamente si debería saltar.

Para su propia consternación —o alivio— era incapaz de dar el paso y acabar con su vida. Por lo que deshizo el camino para regresar a su auto, pensando que demonios iba a hacer de ahora en adelante.

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Relato para la Antología Navideña 2011

¡Hola! ¿Cómo se preparan para estas navidades? Espero que bien. Yo por mi parte estoy haciendo o mío poniéndome al corriente con todo el material que tenía atrasado, ya que al fin pasé de curso en la universidad, puedo pasar diciembre tranquila (gracias a Dios), por eso estaré actualizando (o tratando de actualizar) mucho más seguido, y también emprenderle con todos los proyectos que dejé a un lado por un tiempo.

Por eso, para iniciar esta nueva racha decembrina, les he traído el relato para la Antología Navideña 2011, un proyecto muy interesante que organiza Dulce Cautiva en su blog, y que es bastante ambicioso y muy original (cabe destacar que me siento muy orgullosa de formar parte). Espero que les guste, y si quieren saber más acerca de esto o leer los otros relatos participantes, pasen por aquí.

Bueno, ahora si, aquí se los dejo:

EL REGALO PERFECTO

—¡Atchis!

Genial… —gimió Rebecca con amargura—, Ahora solo me falta pillar un resfriado.

En verdad, enfermarse sería como dicen “la cereza del pastel”, en un día que de por sí, podría considerar el peor en mucho tiempo. Pero como todo era cosa de la mente, comenzó a pensar como un mantra… No voy a enfermarme, no voy a enfermarme, no voy a…

—¡Atchis— Demonios, esto no funciona.

Obviamente, el hecho de llevar puestas ropas completamente húmedas gracias a la nieve que caía sobre su cabeza, no iba a ayudarle de mucho contra el resfriado. Estaba muerta de frío, las puntas de sus finos dedos heladas. Mas no podía hacer nada… se había olvidado las llaves de su apartamento dentro, y como mujer completamente segura de sí misma y llena de autoconfianza, nunca había dejado un duplicado debajo de una maceta, o bajo la alfombra —como tantas veces mostraban en las películas— así que no tenía forma de entrar, y con semejante frío, sus neuronas simplemente se negaban a trabajar sobre tiempo, ya habían sido forzadas hasta su punto máximo durante el día.

¿Qué iba a hacer ahora? Sus padres no estaban en la ciudad, porque se habían ido en un crucero por el Caribe como regalo de navidad, uno que ella también hubiera podido disfrutar si el abusador de su jefe no le hubiera exigido presentarse a trabajar aunque estuviera de vacaciones. No le bastaban los otros catorce empleados, ella tenía que estar ahí. Además, era la noche de navidad, todas las personas estaban en sus casas calentitas, celebrando con sus familias —bueno, todas las personas menos ella—, y para rematar, Anette, su mejor amiga, estaba con su esposo en la casa de su madre al otro lado de la ciudad, y con semejante cantidad de nieve en las calles era prácticamente imposible conducir, ni que decir ir caminando con tan baja temperatura.

Estaba en problemas, sus pies sepultados en un montón de nieve blanca comenzaban a ser insensibles para todo, hasta para ella. Se removió en un vano intento de escapar del aire helado que sopló, pero su cuerpo delgado y pequeño no podría soportarlo por más tiempo. Estaba desesperada. Tanto, que apenas viera a algún vecino entrar a su casa le pediría auxilio y refugio. Pero nadie llegaba, o bien todos se habían ido o ben nadie deseaba ayudarla, porque la entrada jamás había estado más vacía.

Oteó el cielo y suspiró deprimida, pues los nubarrones grises no auguraban nada bueno para ella ni para su situación. La acera ya estaba cubierta de una delgada capa de hielo, y Rebecca pensó que nunca había odiado tanto la nieve como en ese momento. El vaho de su aliento era cada vez más blanco, y los estremecimientos de frío ya le recorrían sin piedad el cuerpo. Cerró los ojos por un segundo, intentando imaginar un lugar más cálido, pero su mente interpretó la señal como una rendición al cansancio, y sus párpados se volvieron tan pesados que ya no pudo separarlos. Soltando un gemido adolorido, se dejó resbalar por la pared, totalmente segura de que plantar su trasero en la nieve era una muy mala idea, pero sin poder hacer nada para evitarlo.

De pronto, su caída fue frenada de manera brusca. Intentó abrir los ojos mientras su cuerpo era rápidamente devuelto a una posición vertical, pero sus pestañas estaban congeladas. El apretón en sus brazos se intensificó cuando fue evidente que no conseguía mantener el equilibrio por sí misma. Sintió la fuerza de alguien junto a ella mientras, ayudada por su fuerte agarre, intentó poner sus rígidas piernas en movimiento, pero no lo consiguió.

—¿Puedes caminar? —le preguntó una voz. El chorro caliente de su aliento rozándole los pómulos.

Rebecca abrió la boca para decirle que no podía sentir sus pies, pero solo pudo emitir un gemido dolorido, así que movió su cabeza de un lado a otro para hacerle saber que eso era tan difícil para ella como mover una roca. La persona hizo un sonido extraño, como angustiado y posteriormente la levantó en brazos como a una niña. Percibió como unas manos fuertes rodeaban su torso y la cara interna de sus rodillas, para elevarla tan fácilmente como a una estatua de plumas. Inconscientemente, ella se acurruco contra él, desesperada por absorber un poco de su calor.

Abrió un poco los ojos y por entre la escarcha de sus pestañas reconoció la figura borrosa de una persona —bueno, un hombre— alto, y con una mandíbula marcada. El resto de su rostro era imposible de reconocer, al menos en ese momento.  Así que volvió a cerrarlos, y recostó su cabeza en el hombro masculino preguntándose ¿A dónde me estará llevando?

—Vas a estar bien— le dijo, y como leyendo su mente continuó— ya casi llegamos a mi casa.
Rebecca se mantuvo en silencio para seguir disfrutando de su voz ronca y del rítmico vaivén de sus movimientos.

**********

Unos diez minutos después, fue depositada con cuidado en un mullido sofá negro, mientras el dueño de esa sensual voz le colocaba una frazada caliente por los hombros, tratando de calentar rápidamente sus ateridos músculos.

Ella lo miró trabajar en eso, mientras le frotaba los brazos y las piernas con fuerza para restablecer la circulación, como un experto. Sus párpados ya no le pesaban, y aunque aún sentía el cuerpo entumecido, quiso probar si sus cuerdas vocales ya funcionaban con normalidad.

—Gracias por ayudarme— murmuró, y el frío le dio a su voz una entonación extraña.

—No hay problema, ¿Ya te sientes mejor?

—Sí. Aunque mis pies siguen dormidos.

—Déjame verlos— pidió, y acto seguido bajó los cierres internos de sus botas para quitárselas. Las gruesas medias de lana que llevaba puestas estaban empapadas y heladas. Pero él con movimientos diestros desnudó sus pequeños pies.

—¡Dios! Están peor de lo que pensé.

Al escuchar semejante comentario, Rebecca se asustó. Y mucho. Por lo que inspeccionó ella misma sus pies, horrorizándose. Estaban completamente pálidos, tanto, que la fina telaraña de venas era perfectamente visible a través de la piel, las uñas se veían entre moradas y rosadas, pero el borde superior estaba tornándose azul. ¡Azul! Sus pies estaban congelados.

Con ojos angustiados miró al hombre que la había ayudado, asustada y realmente preocupada.

—Están congelados ¿Verdad?

—Probablemente— respondió. Y la esperanza huyó de ella tan rápida como un rayo. Él seguía examinando sus pies, moviendo sus dedos hacia arriba y abajo, doblándolos—. No creo que sea tan grave como pensé, aunque tiene un aspecto terrible. Los dedos están rígidos, pero se mueven, y hay flujo sanguíneo. No obstante, tenemos que calentarlos, y rápido.

—¿Qué puedo hacer?

—Tu espera aquí y sigue moviéndolos, yo voy a buscarte agua caliente.

Rebecca suspiró apesadumbrada y con cierto temor todavía recorriéndole el cuerpo. Comenzó a darse torpes apretones en la planta de un pie, luego del otro, y trató de doblar suavemente cada uno de los dedos así como lo había visto a él hacerlo, pero no ayudaba demasiado que sus manos también estuvieran heladas. Apoyó ambos pies en la alfombra, mientras abría y cerraba las manos una, dos, tres veces. Podía escucharlo trajinando en lo que suponía era la cocina del pequeño apartamento. Pequeño pero confortable —observó.

Las paredes estaban pintadas de blanco y ambos sofás era negros, al igual que las mesitas, donde habían varios portarretratos. Sus ojos curiosos se toparon con una foto en particular que le divirtió: un niño de diez años aproximadamente, montado sobre un elefante. El niño sonreía inseguro, mientras que en la imagen, se apreciaba claramente como el inteligente mamífero estaba dispuesto a lanzarle un chorro de agua directo desde su trompa a la cara del muchacho. Rebecca no pudo evitar tomar el marco para verlo más de cerca, y una amplia sonrisa se formó en sus labios al contemplar la escena.

—¿Qué estás mirando? —cuestionó él a su lado.

Rebecca se sobresaltó al escucharlo tan cerca, apretando el portarretratos contra ella en un gesto automático.

—Yo… yo… —Oh cielos, ¿Que le digo?— solo estaba mirando­— dijo, e inmediatamente volvió a colocarlo en la mesa.

¿Por qué estaba tan nerviosa de repente? Solo miraba una foto, tampoco es que lo estaba espiando ni nada. ¿Entonces por qué….

—¿Como sientes los pies?

—Oh si, están mejor— Tanto como una paleta de helado.

—Mételos aquí, verás que te sientes mejor así.

—De acuerdo.

Introdujo los pies en el agua caliente y al principio el contraste de temperatura fue bastante incómodo, pero sus pies se adaptaron, logrando que su cuerpo entrara en calor rápidamente. Y aunque llevaba aún la ropa mojada, se sentía mucho mejor.

—Hay que hacer algo con esa ropa, te enfermarás si no te la quitas.

Rebecca no estaba segura de la razón, pero esas palabras desencadenaron que su rostro se sonrojara completamente. Su corazón empezó una marcha apresurada dentro de su pecho y la respiración se le volvió tan superficial y repetitiva que parecía tener un ataque de asma.

—¿Estás bien? ¡Ey, Rebecca! ¿Qué te sucede?

Esas palabras hicieron que lo mirara directamente. Cortando todo tipo de sobrerreacción llevada a cabo por su cuerpo.

—¿Cómo sabes mi nombre?

El alto y esbelto hombre se mantuvo callado ante esa pregunta. Sus grandes ojos marrones la contemplaron durante varios minutos, para luego bajar hacia el suelo. Carraspeó incómodo
.
—Siempre lo he sabido —murmuró por lo bajo.

Rebecca lo miró nuevamente, descubriendo algunas cosas en él que antes no había mirado, como por ejemplo su cabello negro, corto y rizado, la nariz un poco torcida, el pequeño lunar cerca de la comisura de su boca… ahora parecía diferente, como si antes lo hubiese estado mirando a través de un cristal, y ahora pudiera apreciarlo directamente, más real, más hermoso.

Si observaba su rostro en conjunto, en realidad no había nada en él que fuera particularmente atractivo. Pero analizando cada rasgo por separado, había algo precioso en cada uno, prístino, que la incentivaba a seguir detallándolo. Necesitaba ver sus ojos nuevamente, así que con delicadeza, rodeó sus mejillas con ambas manos, para que él la mirara.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros de manera despreocupada, pero el brillo en sus ojos no podía ser disimulado tan fácilmente.

—¿No vas a decírmelo?

Estaban muy cerca, tanto, que podía ver el latido de la sangre en su cuello, debajo de su mano. Era un pulso rápido, fuerte, lleno de vida. Rebecca deslizó sus dedos por las sombreadas mejillas, reconociendo un terreno completamente nuevo para ella, pero ansiosa por explorarlo todo. Nunca se había tomado esas atribuciones antes con ningún hombre, pero deseaba seguir tocándolo. Su piel tibia era completamente reconfortante para ella, y sus dedos entumecidos volvieron rápidamente a la vida, ansiosos por acariciarlo.

Sabía que lo había visto antes en algún lugar, a ese hombre fuerte y sencillo, pero no lograba recordar donde. Algo en su corazón se lo decía, a la vez que le reprochaba el no haberle prestado atención antes.

Sus manos, grandes y varoniles le acunaron el rostro con ternura, una ternura que tal vez llevaba ahí encerrada mucho tiempo, rogando por su liberación. Ahora llovía como un torrente, solo para ella. Fue una sensación tan singular, como si se hubieran reconocido por fin sus cuerpos tras largo tiempo de ausencia. 

Él sonrió. Una sonrisa radiante que se reflejó en su mirada, y Rebecca se derritió. Sus labios finos se movieron, haciendo un eco exacto de los de él. Aceptando en silencio aquello tan grande que los unía.

—Hola— susurró ella.

—Hola— respondió él, mientras le acariciaba el cabello.

—Tú sabes mi nombre, pero yo no sé el tuyo.

—Adam. Adam Brady —repuso.

—Adam Brady, yo soy Rebecca Smith. Es un placer conocerte.

—El placer es sólo mío, nena.

Él la besó. Lentamente unió sus labios a los de ella, acariciándolos con reverencia. Rebecca paseó sus manos desde su cuello hasta su nuca, donde enterró los dedos en la cabellera negra y brillante. Adam estaba arrodillado en el suelo, entre sus piernas, besándola como si aquello fuera lo más normal del mundo, y ella no deseaba parar. Sus alientos se mezclaron, mientras los brazos masculinos la rodeaban, brindándole una protección que ella no sabía que hubiera necesitado antes, pero sin la cual ahora no podría vivir. Se aferró a él con más fuerza, pegando sus cuerpos de tal manera que ni el aire podía pasar entre ellos. Era algo completamente diferente a cualquier cosa que hubiera vivido hasta ese día.

Se separaron un instante para respirar, y volvieron al ataque. Rebecca besó sus labios, sus párpados, sus mejillas, e incluso el lunarcito adorable al lado de su boca. Todo. Lo quería todo de él, con una urgencia que era a la vez placentera e insoportable. Adam recorrió su cuello con los labios, dejando un rastro abrazador detrás de ellos, a lo largo de la piel. Sus atenciones eran tiernas y desesperadas al mismo tiempo. Como si las hubiera deseado desde hacía tanto que solo pudiera actuar con brusquedad, pero a la vez fuera incapaz de ser brusco. Cuando besó su clavícula, notó que aún llevaba puesta la ropa húmeda, así que se separo de ella, su mirada intensa, penetrante.

—Tienes que quitarte esa ropa —ordenó jadeando— vas a enfermarte.

Rebecca sonrió levemente, y prosiguió a hacer exactamente lo que él le dijo. Cuando levantó el borde de su suéter, él hizo una especie de jadeo entrecortado. Asombrada, ella lo miró curiosa.

—¿Qué? Dijiste que tenía que quitarme la ropa.

—Pe… pero… —la miró asombrado.

—Voy a enfermar si no me quito esta ropa mojada, así que voy a quitármela y ya. ¿Puedes prestarme algo de ropa seca?

Adam asintió, atónito. Aprovechándose de esa expresión, Rebecca se sacó de golpe el suéter y la franela, quedándose con los pantalones y el sujetador. Los hermosos ojos de él se abrieron desmesuradamente, como si no pudiera creer lo que le mostraban. Ella continuó, sin sentir vergüenza en absoluto. Se pertenecían así que ¿Cuál era el problema?

Pensaba hacerlo lentamente, pero la necesidad de estar cerca de él era demasiado fuerte, demasiado atrayente, así que se sacó los pantalones, quedándose sólo en ropa interior. Pero no le dio tiempo a él de pensar nada, se movió rápidamente hacia él, con sus pies aún un poco torpes, pero casi recuperados. Tomó el borde de su camisa y se la quitó apresuradamente. Necesitaba sentirlo, acariciarlo.

Pronto no tuvo que seguir provocándolo. Él reaccionó de una manera completamente salvaje, reclamándola. Y Rebecca le respondió con su cuerpo: Soy tuya.

**********

Horas más tarde, Rebecca yacía acurrucada en los brazos de Adam, sintiéndose más feliz de lo que recordaba haber estado en algún momento. ¿Cómo podía explicar lo que había sucedido? No estaba segura. Solo sabía que ya nunca podría separarse de Adam. Lo necesitaba. Era algo tan elemental como respirar, como vivir. Lo Amo— comprendió.  Se había enamorado de él en el momento en que la había rescatado de morir congelada en la acera. Y desde entonces, solo le había arrebatado más y más partes de su corazón, a tal punto que ya no podía imaginar vivir sin él a su lado. Solo rogaba que él sintiera por ella esa misma necesidad, ese mismo sentimiento que inundaba su corazón.

Él no había dicho nada en un rato. Si no fuera porque sentía las tiernas caricias de sus dedos en la espalda, habría jurado que estaba dormido. Rebecca deseaba que él también le dijera que la amaba. Se sentía tana bien estar así, pegada a él, con la cabeza en su hombro e inhalando su aroma, que temía que aquello fuera un sueño producto del frío. Se apretó más a él, intentando huir de esa idea, y Adam la apretó más en sus brazos.

—¿Estás bien?

—Es la tercera vez que me preguntas exactamente lo mismo— refutó divertida.

—¿De verdad? Valla, no me había dado cuenta.

Adam se sumergió nuevamente en el silencio, y Rebecca no iba a permitírselo.

—¿En qué piensas? Estas muy callado.

Él la obsequió con una sonrisa encantadora.

—Solo intento convencerme de que esto es real, y no un sueño cruel.

Ella levantó la cabeza para mirarlo directamente mientras su mano le acariciaba el rostro.

—Estamos pensando algo parecido —dijo, y le dio un beso en la barbilla— pero no es un sueño.

—No, creo que no lo es. Pero me parece tan increíble tenerte aquí, conmigo, que aún no puedo creerlo.

Rebecca bajó sus labios hacia los de él, en un beso tierno lleno de amor, para hacerle saber cuan real era todo aquello.

—Y pensar que estando ahí afuera, muerta de frío, creí que sería la peor navidad de mi vida. Estaba realmente equivocada.

El brillo en los ojos de Adam le dijo cuanto agradecía él sus palabras, y cuan acertadas eran también. El la beso, tan suavemente como si fuera una muñeca de cristal, saboreándola lentamente, con paciencia. Demostrándole cuanto la amaba. Porque la amaba. Ese brillo en su mirada solo podía significar eso, brillaban tanto como aquella vez, en la casa de Anette, cuando…

—¡Ya lo recuerdo!— jadeó ella al separarse de los labios masculinos— ya recuerdo dónde te había visto antes…

La suave y ronca risa masculina le envió escalofríos a lo largo y ancho del cuerpo.

—No te burles. ¿Cómo iba a reconocerte desde entonces? Además, tenías un aspecto completamente diferente.

—Sí, lo sé. Acababa de llegar de un viaje muy largo. Kevin, el esposo de Anette, ha sido mi amigo desde hace años y me ofreció quedarme en su casa hasta que pudiera acomodarme en mi propio lugar. Entonces un día tú llegaste a visitarlos, era el cumpleaños de Anette, lo recuerdo. Y también recuerdo que desde que te vi, no pude dejar de pensar en ti.

—Pero eso fue hace meses. ¿Por qué no me buscaste?

—Porque sé cuando una mujer no está interesada en mí, y créeme, tú no podías estar menos interesada.

Rebecca se ruborizó, la vergüenza haciendo estragos en ella. Era cierto, no lo había tenido en muy buena estima. Para ser sinceros, había prescindido de él completamente. Y pensar que ahora…

—Hey, hey. No pienses en eso. Ya es pasado, estás conmigo ahora. Y te juro que nada más me importa.

Él hundió la nariz en su cabello, saturándose de su olor femenino. Tenía que decirlo, no podía aguantarlo más. Si seguía reprimiéndolo su pecho explotaría. Pero Adam, nuevamente, le robó las palabras.

—Te amo, Bec. Te amé prácticamente desde que te vi. No sé cómo explicarlo, a veces creo que es absurdo, pero lo siento. Aquí —colocó con delicadeza la palma femenina sobre su pecho— solo hay espacio para ti.

Los ojos de Rebecca se llenaron de lágrimas, mientras escuchaba las palabras más hermosas que alguien le hubiera dedicado nunca. El nudo en su garganta creció, amenazando con ahogarla, y las lágrimas que en vano intentaba detener, brotaron libres rodando por su rostro y estrellarse en el amplio pecho masculino.

—Yo también… —sorbió por la nariz de una manera muy poco femenina— también te amo, Adam.

Los fuertes brazos de Adam se cerraron a su alrededor, acercándola a él, fundiendo sus pieles, sus almas en una sola, y a la vez protegiéndola de todo lo demás. Los amplios labios masculinos buscaron los suyos, para juntarse con un choque explosivo. Cuando se separaron, jadeantes pero felices, se miraron de esa manera, esa que les comunicaba que sobraban las palabras.

—Feliz Navidad, Bec.

—Feliz Navidad, Adam. Y gracias por amarme.




 FIN


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29 de noviembre de 2012

Proyecto Adictos a la Escritura/Noviembre

Éste mes, nos tocaba escribir relatos cortos acerca de un tema, evitando utilizar las palabras claves que se tomarían para describir dicha escena. 

Solo hice una, porque estuve corta de tiempo, y a pesar de todo quería participar. 

La escena que escogí fue: Un encuentro amoroso, donde no se podían usar las palabras: amor, cariño, pasión, deseo o lujuria.

El relato que resultó fue el siguiente:

Tropiezos


Era increíble cómo el hecho de levantarte tarde podía darle un giro de setecientos grados a tu vida.

Esa mañana, lo último que Víctor se imagino, era que su despertador no sonaría. Pero eso fue lo que sucedió. Y como resultado, se levantó cuarenta minutos más tarde de lo que quería, ocasionando que en lugar de tomar una ducha minuciosa como cada mañana, tuviese que lavarse los dientes a toda máquina, colocarse un poco de desodorante y peinar su cabello rizado con los dedos en lugar de un cepillo y gel, intentando no parecer un perro recién bañado.

Se puso su elegante traje a una velocidad que el mismísimo flash envidiaría, y salió volando por la puerta de su pequeño apartamento, bien consciente de que tendría que hacer la mayor parte del camino a pie si quería evitar el tráfico. ¿Y por qué era tan importante llegar temprano, se preguntarán? Eso es sencillo. Hoy era el primer día de trabajo de Víctor.

Que, por lo visto, comenzaba con el pie izquierdo, tomando en cuenta los sucesos que siguieron en esa mañana:

Por salir a trompicones de su apartamento, llevaba la corbata desanudada a ambos lados de del cuello, mientras luchaba con su impecable chaqueta negro medianoche para que se mantuviera alejada del suelo, mantenía sus impolutos zapatos apartados del barro de la avenida y peleaba con el serio y eficiente maletín que había comprado para llevar todo el material que necesitaría en la oficina. Luchando furiosamente con la punta de su corbata, desesperado por arreglarla, desvió la mirada hacia su pecho por dos segundos. Dos segundos que ocasionaron el segundo desastre de la mañana: tropezar. Tropezar como un idiota con un desnivel de la acera y caer de bruces sobre el pavimento.

Pero la dura y fría acera no fue lo que recibió el impacto de sus noventa y tres kilos seiscientos. Fue un cuerpo, uno particularmente suave, que quedó atrapado entre él una descoordinada bola de carne humana y el suelo. Víctor se quedó sin respiración, mientras levantaba la mirada hacia la persona que había atropellado en medio de su torpe preceder. El par de ojos más bonito que había visto se encontró a medio camino con su mirada, logrando que su corazón se disparara en un frenesí atronador dentro de su pecho.

Se quedó ahí, mirándola, como el tonto más tonto del planeta. Hasta que ella carraspeó suavemente.

—Lo siento. ¡Dios, lo siento mucho! —se disculpó él, su rostro inundado por un rubor bochornoso de proporciones colosales.

Pero la chica, para sorpresa de él, no lo insultó como Víctor se había imaginado. Simplemente se echó a reír.

—Eso fue divertido. E inesperado —comentó ella, con la risa aún escuchándose en su voz—. No me mal entiendas, pero creo que sería mucho más cómodo levantarse del suelo ¿No crees?

La vergüenza de Víctor sólo aumentó ante lo que ella había dicho. Gimiendo internamente, se separó de ella, con movimientos precisos que no lo dejaran más aun en ridículo. Una vez en pie, le tendió la mano a ella hasta colocarla en posición vertical.

—¿Estás bien? —preguntó Víctor, preocupado—. No quise lastimarte en ningún momento, por favor discúlpame. No estaba mirando por dónde iba, y con lo torpe que sé que soy tendría que haber estado más pendiente de por d…

Cortó su explicación ante el gesto de ella para que se detuviera.

—Está bien. Deja de disculparte. No me he lastimado, tú no te has lastimado —le dio a su voz un tonillo interrogante, ante el cual él negó con la cabeza—. Excelente. Entonces está todo bien.

Ella le estaba sonriendo de una manera tan tierna, que él solo pudo mirarla ahí de pie, en medio del concreto pisoteado por transeúntes, escuchando la música alocada que el corazón le cantaba en el pecho.

—Soy Víctor —declaró. Su boca soltando las palabras incluso antes de que su mente se diera cuenta de lo que iba a decir.

—Soy Ana —ella volvió a sonreírle de esa manera tan suya, manteniéndolo atado a ese instante, a ese lugar, con ella—. ¿Quieres un café? De pronto siento que muero por uno.

Víctor simplemente asintió. No sabía por qué, pero ya no le importaba más si llegaba tarde al trabajo.



FIN

31 de mayo de 2012

La Melodía en Mí

Hola, queridos lectores.

Hoy les traigo un relato muy cortito, con el que tuve la fortuna de participar en el concurso de Olga Salar, que celebra sus casi 2000 seguidores, y también el super éxito que está teniendo su novela Melodía Inmortal... 

Lo voy a publicar para que todos puedan leerlo (a ver si así me trae un poco de suerte), y estoy cruzando los dedos a ver si gano... 




Las notas del vals se deslizan por el salón de baile, flotando de aquí para allá delicadamente, como una bruma cálida y acogedora. Por una vez, me olvido de la torpeza de mis pies y me dejo llevar por el ritmo sutil de la música, que abandona lentamente las teclas del piano y se filtra entre mi ropa para acariciarme la piel de arriba abajo.

¡Oh, él es maravilloso!

Aunque hay otras parejas en la sala de prácticas, yo me siento en las nubes. Y es que mi cuerpo vibra de emoción cada vez que nuestras miradas se cruzan. Yo ya no puedo controlar a mi corazón, que se desborda de amor por él.

De pronto el ritmo cambia, y él desliza sus manos alrededor de mi cintura para hacerme girar sobre el suelo de espejos. Nuestros ojos se cruzan nuevamente, y la forma en que sus verdes pupilas me miran me hace sentir en el cielo, porque un pacto secreto se ha sellado entre nosotros a partir de ese instante.

Así que yo cierro los ojos, entregándome, y deseando que ese momento perfecto no acabe jamás.

Y perdiéndome en la melodía infinita…

Yo vuelo.



¡Deseenme suerte!
Hasta otra
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14 de abril de 2012

Relato Corto para el Concurso de Anna

Hoooola a todos...

Ayer finalmente pude terminar mi relato corto para el 1º Certamen de Relatos Cortos que se está llevando a cabo en el blog de Anna Soler. Como los requisitos pedían un máximo de dos páginas tuve que acortarlo mucho más de lo que pensaba, tal vez por eso el final les parezca un poco abrupto. En realidad me habría gustado extenderme un poco más, pero bueno reglas son reglas.

Tal vez escriba una continuación para él, pero no prometo nada, ya lo veremos.

Sin más, aquí se los dejo:


¡Te Tengo!




—Y los declaro marido y mujer.

Eva ahogó un sonoro bostezo mientras el sacerdote finalizaba la ceremonia.

—Ahora puede besar a la novia… y, bueno, ya saben lo que sigue.

La persona que estaba sentada a su lado le dio un brusco codazo en las costillas cuando Eva bostezó nuevamente. En medio de su aturdimiento, giró la cabeza hacia su furioso agresor, para descubrir que se trataba de Mónica, una de las amigas de su hermana.

Eva se encogió de hombros, en un torpe intento de disculpa, pero no se sentía culpable de nada en realidad. La verdad era que siempre las ceremonias ostentosas le habían resultado muy aburridas. Sin embargo, esa vez era su hermana, Érika, quien se casaba, por lo que había accedido a ser su madrina durante el acto eclesiástico, y —por supuesto— tenía que acudir al ensayo de bodas.

Perfecto. No había ningún problema en ello ¿Verdad?

Solo que después de haber ensayado sus respectivos personajes —habiendo dicho todo lo que tenía que decir y haciendo todo lo que debía hacer— se había sentado en uno de los bancos de la iglesia, mientras Érika y su casi esposo Peter, intercambiaban sus votos de amor y completaban toda aquella parafernalia. Lamentablemente, después de haber acabado con su parte, la ya muy conocida pesadez que todas aquellas pompas ceremoniales le ocasionaban, la habían inundado completamente, provocando la cadena de bostezos nada sutiles por las que ahora Mónica la miraba con aquella expresión de incredulidad airada, como si para ella fuera inconcebible que Eva estuviera muerta de aburrimiento en el ensayo de bodas de su hermana.

Lastimosamente para Mónica, a Eva no podría importarle menos lo que pensara de ella. Había acudido al lugar, dicho su parte, actuado como si estuviera completamente interesada en lo que estaba haciendo y esperado a que finalizara todo antes de largarse, cosas que, tratándose de ella, eran algo sumamente raro en su comportamiento, y Érika lo sabía.

Cuando los tortolitos dejaron de lanzarse miradas y besos, bajaron del altar para unirse a la concurrida audiencia que los acompañaba. Érika inmediatamente la buscó por toda la iglesia con su típica mirada afilada, sus ojos verdes examinando a cada persona presente como un halcón dispuesto a lanzarse sobre su presa. Eva le hizo señales para que pudiera reconocerla entre toda esa gente, y de inmediato caminó hacia ella.

—Felicidades por tu casi matrimonio, hermanita —dijo abrazándola fuertemente.

—Te diría gracias —contestó— pero me da la impresión de que así no te vería por aquí mañana. Y definitivamente, eso no es lo que deseo.

—Oh, vamos —murmuró con fingiendo sentirse ofendida— Sabes que no te haría eso a ti.

Érika sonrió.

—Sí, lo sé.  Y también comprendo que esto —señalo con los brazos la amplia capilla— no es lo que preferirías hacer un viernes por la noche.

Eva desechó sus palabras con un gesto de la mano.

—Saber que haría cualquier cosa por tu felicidad —dijo— aunque eso incluya asistir matrimonios aburridos.

—Es por eso que lo valoro todavía más. Y hablando de eso, aún no me has dicho…

Érika se interrumpió cuando un emocionado cortejo nupcial la arrastró sin miramientos hasta rodearla con un círculo de gritos confusos y abrazos emocionados. Eva se encogió de hombros, ya hablaría con su hermana luego, en ese momento, debía volver al trabajo. Solo le habían permitido una media hora libre para ir al ensayo, ya que el acuerdo con su jefe era trabajar una hora más en las tardes para que le permitiera tomarse todo el viernes libre. Ya que —según su hermana— si no lo hacía no les daría tiempo de terminar de los complejos procesos de acicalamiento femenino previos a ese tipo de eventos. Como Eva no asistía a bodas muy seguido, imaginaba que su hermana tenía razón, por lo que hizo lo que le pedía.

Aunque para ella todo aquello fuera un alboroto sin sentido.

Había decidido mucho tiempo atrás que nunca iba a casarse. Simplemente la vida conyugal nunca podría formar parte de su personalidad. No podía verse unida a un hombre para toda la vida. Tantos años luchando contra…

Sus pensamientos se interrumpieron cuando la turba furiosa en que se había convertido el público chocó contra ella, empujándola hacia los escalones de la entrada de la iglesia sin demasiada delicadeza. Eva intentó sostenerse de algo, de alguna baranda, pero no había. Además, inoportunamente descubrió que sus zapatos, si bien estaban a la última moda y eran muy lindos, no la ayudaban a conservar el equilibrio. Vio como el mundo giraba de cabeza un segundo antes de cerrar fuertemente los ojos y sentir como inevitablemente comenzaba a caer…

O eso le pareció hasta que un par de fuertes brazos la pararon en seco.

Asombrada, Eva abrió los párpados para encontrar al más bonito par de ojos marrones que hubiera visto nunca. Levantó las manos en un intento por agarrarse a algo, pero sólo pudo posarlas sobre los fuertes hombros que había al final de esos brazos que la sostenían a solo centímetros del suelo, en medio de las escaleras.

—Te tengo, muñeca —murmuró la ronca voz del sujeto.

—Vaya —respondió ella— Gracias, a eso llamo tener buenos reflejos. —El apuesto hombre sonrió, aún sin soltarla, y Eva solo pudo pensar en una cosa: Tal vez había subestimado mucho los ensayos de boda en el pasado. Y sonrió, también. 

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12 de febrero de 2012

Relato para el concurso de Nina-Neko

NOSTALGIA




Que hermosa tarde de otoño.

Desde aquí, puedo escuchar el trinar de los pájaros, y admirar su vuelo alto y libre, rápido, mientras emprenden el viaje de regreso a casa, donde sus familias los esperan.

También, percibo como se van extinguiendo los últimos rayos de sol mientras encienden el firmamento con su luz, llenándolo de miles de colores diferentes. Aunque mi vista ya no es la misma de antes, me siento aquí todas las tardes mientras el astro dorado baña de calidez a toda la ciudad, brillando en las ventanas de los altos edificios tan comunes hoy en día, pensando.

¿No es increíble la naturaleza?

Cada día hay un nuevo amanecer, que ilumina el nacimiento de esperanzas, sueños y alegrías. Cada mañana abro los ojos con un profundo deseo dentro de mi corazón. Ojalá tuviese el poder de revivir el pasado, no para cambiarlo, porque bien sabe Dios que no hay nada de lo que me arrepienta, solo quisiera, por una instante, poder verte una vez más.

Pero claro, así como inicia un día con la llegada del sol, él mismo se lo lleva al momento del atardecer. Siempre. Cada esperanza perdida, cada sueño no realizado muere con él. Tal vez nazca de nuevo otro día, tal vez no. Yo solo sé que cada tarde veo extinguirse la luz y tú ya no estás a mi lado. Lo intento. Intento ser fuerte y vivir el resto de mi tiempo con dignidad, pero a veces fallo. ¿Cómo puedo seguir viviendo como antes, si mi corazón me abandonó? Porque tú eras mi corazón. No hubo un día que no te lo dijera, porque no quería que tuvieses dudas al respecto. Eras mi corazón, siempre lo fuiste y siempre lo serás.

Algunos días evito pensar en eso, para que la desesperanza no me consuma y se lleve lo poco que queda del hombre que conociste. Pero es difícil. Más cuando te extraño tanto. Oh, Aubrey. ¡Cuánto te echo de menos!

Sobre todo en los momentos, como ahora, que la calidez del sol invade mi piel fría, como un triste substituto de tus manos. ¡Cuánto me enseñaste de la vida!, y ya no estás aquí para vivirla conmigo.

Tus preciosos ojos ya no pueden apreciar la manera en que el cielo se colorea de púrpura, naranja y rosa, como una aurora boreal en pleno septiembre. Ya no se abren cada mañana para mirarme con amor, incitándome a ser cada día un mejor hombre, un mejor esposo, un mejor padre. Ya no me vez, mi amor, para regañarme cuando comía un pastel azucarado malo para mi diabetes. Ahora solo puedo ver tu sonrisa en mi mente, y constantemente me pregunto tantas cosas: ¿Qué pensarás? ¿Cómo te encuentras? ¿Me estas mirando? ¿Te sientes orgullosa de mí, de tus hijos y nietos? ¿Eres feliz allá en donde estás? Yo espero que sí, no, yo deseo que sea así, porque tú sólo mereces lo mejor. Mereces ser amada aún más allá de la muerte.

Mi viejo corazón ya no es tan fuerte como antes, Aubrey. Me duele, cada vez más, cuando abro los ojos y no te veo a mi lado en la cama. Ya no siento tu calor entre las sábanas, ni tu aroma impregnándome. ¿Quién hubiese pensado que las cosas más cotidianas serían las más difíciles de soportar? Las noches frente a la chimenea, escuchando las noticias. O las navidades cuando venían los niños y pasábamos todo el día rodeados de risas y gritos. Que buenos eran aquellos momentos.

Por cierto, los niños están bien. Jack y Rose han tenido otro hijo este verano, Jamie. Ellos dicen que se parece a mí, pero yo no lo creo. Es decir, ¿En dónde pueden ver un parecido entre esa criatura lozana y maravillosa y un viejo arrugado como yo? Pero de algún modo, me hace sentir mejor. Amy ya va a la universidad, y creo que planea casarse con ese muchacho de Wisconsin con el que sale desde hace un año. Robert no quiere oír hablar del asunto, pero a mí me cae bien. Kasie y Emily cumplieron once años en abril, y de sobra está decir que ellas también te extrañaron mucho, sabes cómo les gustaba sentarse sobre tus rodillas y escucharte cantar. Maddie viene casi todos los días a verme, para asegurarse de que tome mis medicinas. ¡Ja! Como si alguna vez pudiera olvidarlas, llevo tanto tiempo tomándolas que mi cerebro coordina mis movimientos por si solo para ingerirlas. Y bueno, tantas y tantas cosas sobre todos que podría contarte, pero estoy seguro que tú los vez desde allá arriba, y los guías hacia la felicidad con esa sonrisa paciente que era tan tuya.

Es extraño, ¿No? Como la vida sigue su curso, y sin embargo tú ya no estás aquí.

Pero igual te siento. Hay incluso momentos en que juraría que puedo sentir tu mano en mi enjuta mejilla, apoyándome. Alentándome a no darme por vencido aún. En las noches, antes de quedarme dormido, puedo escuchar el susurro de tu voz, arrullándome igual que lo hacías cando tenían pesadillas alguno de los niños. Tal vez eso es lo que más extraño de no tenerte. Tu voz.

Puedo escucharte en mi cabeza, pero abro los ojos y no estás. Puedo verte con los ojos de mi imaginación, pero no puedo tocarte. ¿Por qué te fuiste tan pronto? No me diste tiempo para acostumbrarme a tu ausencia, digo, si es que alguna vez alguien pudiese acostumbrarse a la ausencia de un ser amado. No me diste la oportunidad de decirte una vez más que te amaba, de darte las gracias por todo lo que en vida me diste y que es incomparable a todo lo demás. No pude apretar tu mano en el momento final, ni sostenerte hasta que hubieses cruzado el camino. Hay tantas cosas que no pude hacer por ti…

¿Me escuchas alguna vez, Aubrey? ¿Te arrepientes de algo? Espero que no, eso sólo le minaría las pocas fuerzas que le quedan a mi corazón.

Dos años han pasado. Dos años sin ti. Y se siente como una maldita eternidad.

Ven a buscarme, Aubrey. Sabes que cada noche te espero, para poder ir contigo al paraíso de Dios.

Los chicos ya han crecido, tienen sus familias y sus vidas. Y sé que van a echarnos de menos a ambos, pero ellos lo entenderán. Saben, tan bien como yo, que estos dos años he sido un hombre incompleto, porque tú eres parte de mí, mi amor. Aún hoy, vives dentro de mi corazón, recorres mi sangre con tu amor, empañas mis ojos con tu belleza, saturas mi nariz con tu aroma y destruyes mi alma con tu ausencia.

Ahora voy a levantarme de esta silla, y regresar a la monotonía de mi existencia sin ti. Aunque me gustaría quedarme fuera para examinar las estrellas a ver si te encuentro en alguna de ellas, hace demasiado frío para mis cansados huesos. El invierno se acerca, para cubrirlo todo con su manto frío, incluso mis esperanzas.

Aún recuerdo cómo te gustaba el invierno, y como cada navidad me regalabas un suéter diferente tejido por ti. Quiero que sepas que los conservo todos, en el orden exacto en el que me fueron concedidos. Los tengo como un recuerdo más de lo que significas para mí, lo mucho que todavía te amo.

¿Sabes? Aún conservo tu jardín de rosas. Si. Invierto ciento sesenta dólares mensuales en el Sr. Freeman, el jardinero, para que lo mantenga tal cual como tú lo conservabas en vida. Cuando extraño tu aroma, me siento en medio del jardín e inhalo profundamente tantas veces como me permitan mis doloridos pulmones, y de una extraña manera, siento que estás de pie a mi lado, inspirando también el perfuma de las rosas en primavera. Tu época favorita del año. A veces sueño con que un día, vendrás a mí nuevamente y verás tu jardín intacto, y de alguna manera te sentirás orgullosa de mí y de lo que he logrado desde que te fuiste. ¿Raro verdad? Algunos días creo que estoy obsesionándome contigo, y eso no me gusta. Porque si no me obsesioné contigo en vida, no quiero obsesionarme con tu muerte, no es sano para ninguno de los dos.

No sé cuantas veces he reflexionado sobre esto. Cientas, miles tal vez. No he llevado la cuenta. Pero cada noche, cuando cierro los ojos pienso en todas las cosas que quisiera decirte y no puedo. Me mata, Aubrey. Como una enfermedad lenta y dolorosa. Que marchita todo dentro de mí, mis órganos, mis pensamientos, mis esperanzas… pero si hay algo que he aprendido en estos dos largos años, es que el amor tiene dos caras.

Tu y yo tuvimos suerte, y vivimos el amor bueno mientras estuvimos juntos. No fue siempre fácil, pero lo fácil nunca vale la pena, y no hay nada para mí que haya valido más la pena de luchar, que tu amor. Fuimos parte de algo mucho más grande que nosotros, de ese amor que te hace reír, soñar, volar… Ay Aubrey, pero nunca imaginamos cuán dura sería la caída. Porque desde que no estás, siento que estoy cayendo constantemente. Estoy desorientado, perdido y asustado. Nuestro amor no nació ni vivió de la costumbre. Nuestro amor fue puro, profundo e ilimitado. Tanto, que aún después de todos estos años juntos y ahora separados, yo te sigo amando.

Te amo.

Como el primer día en que te vi. Como te amé cuando aceptaste casarte conmigo, tanto como te amé cuando nacieron nuestros hijos, y tantas otras veces que ni siquiera puedo mencionar. Te amo, te amo, te amo… nunca lo dudes, mi amor. Yo jamás he dudado de ti.

Ahora estoy entrando a la casa que ambos construimos con esfuerzo y un montón inmenso de dedicación. Tal vez no sea la casa más grande, ni la más elegante de todas las que hay por aquí, pero fue nuestro hogar. Aquí vivimos todos nuestros buenos y malos momentos, en ella crecieron nuestros hijos, y dentro de ella aún perduran todos nuestros recuerdos. Están impresos en las paredes, llenándolas de color.

Cada vez que recorro con mis débiles pies los pasillos, escucho tu voz  tarareando en la cocina. Recuerdo una vez cuando Robert tenía diez años, y juntos organizamos una sorpresa para ti. Era tu cumpleaños. Pero ni siquiera nuestras mentes juntas superaban tu sabiduría de madre. Nunca pudimos sorprenderte en grande, porque siempre adivinabas nuestras intenciones. Que puedo decir, nunca fui bueno para la actuación, y menos si se trataba de esconderte algo a ti. De eso puedes estar segura, nunca te mentí. Y tú, para mi gran felicidad, jamás dudaste en aceptarme incluso con mis peores defectos.

Solías decir que yo era más obstinado de una mula de carga, temo que eso es verdad. ¿Sino cómo explicar el hecho de que aún estoy aquí, de pie y solo? También reconozco que soy orgulloso, a veces demasiado, y que no era el más apuesto de los hombres. Pero a tu lado me sentía como un rey. Tu belleza siempre me impactaba y, en ocasiones me preguntaba ¿Cómo alguien tan especial puede amarme a mí, que soy de lo más común? Tal vez nunca haya una respuesta lógica para eso, y lo agradezco a los cielos. Dios sabe que lo hubiese dado todo y más por vivir la vida que vivimos.

Ahora estoy entrando en nuestra habitación. Y el frío que templaba mi cuerpo poco a poco me abandona. De repente me siento tranquilo, en paz. Es como si tu espíritu me acompañara y envolviera los retazos de mi corazón derrotado. Estás aquí, velando por mí, empujándome un poco más hacia adelante, facilitándome el camino. Miro todas las fotos, ventanas a momentos pasados llenos de dicha y mi pecho se estruja frente a tu recuerdo. Siento las lágrimas inundar  mis ojos en todo momento, y sé que no debería llorar, porque tuve y tengo mucha suerte en mi vida. Pero no quiero tragármelas. No es signo de debilidad llorar por la persona que amas y que extrañas más que nada en el mundo.

Siempre admiraste mí fuerza Aubrey, pero ya se me acabó. Estoy agotado.

Exhausto.

Guíame, por favor, como tantas veces en el pasado. Toma mi mano y libérame de esta pesadilla que es no tenerte más.

Hoy, en el día de mi cumpleaños, regálame aquello que he deseado desde que te fuiste. Aquello que nadie más puede darme ahora.

Devuélveme la felicidad, querida. Llévame contigo por el camino correcto, hacia el futuro infinito que nos espera en la eternidad.

Estoy listo, mi amor.

Aquí, acostado en nuestra cama. Repaso constantemente todo lo que vivimos juntos y me siento feliz. Soy feliz sólo por haberte conocido. Por haber compartido tantos años a tu lado. Me diste tanta dicha y tanto amor, que sólo me queda una cosa más que pedir.

Estoy cerrando los ojos Aubrey. Y puedo sentirte, ya vienes por mí.

¡Al fin! Mis huesos pueden descansar. El peso de mi alma se debilita. Y sonrío. Porque pienso recibirte igual que siempre, con una sonrisa en mis labios. Estás contenta, también, puedo sentirlo. Y eso me da fuerza para dar el último paso.

Puedo verte, una vez más. Y mi corazón vuelve a latir con la expectativa de que no vamos a volver a separarnos jamás. Oh, mi amada Aubrey, cuánto te he extrañado desde que te fuiste. Pero eso ya no importa, porque has vuelto por mí.

Te amo Aubrey.

Tomas mi mano, y me guías a caminar junto a ti. Gracias Aubrey, por rescatarme de mi tortura. Gracias por amarme tanto como yo te amo. Y gracias, por venir a buscarme. Juntos, velaremos por todos los que nos aman también.

Gracias.

Tú y yo, vamos a amarnos para siempre.


FIN


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15 de diciembre de 2011

Cambios, Parte 1. (Primer día del Maratón de la Escritura)




Danielle estaba hastiada de todo.

Eso fue lo que concluyó en ese instante, mientras miraba las olas romper contra el muro de piedras bajo sus pies.

Tanto esfuerzo, tantas horas de sueño sacrificadas, viviendo en un país extraño. Todo para nada. Todo para que el desgraciado de su jefe arruinara su carrera en la empresa con su denigrante “Propuesta de Negocios”

Pateó el suelo rocoso con furia solo de recordarlo. ¿Cómo no hacerlo? Cualquier mujer decente se sentiría ofendida. Y el muy cerdo la había mirado con aquella cara de suficiencia, como si él fuera un manjar irresistible, y ella estuviera demente por no considerar su obscena proposición.

Su feje la había llamado a su oficina para hablarle de un asunto importante. A Danielle le extrañó, pero no iba a cuestionar al presidente. Así que obedientemente se presentó en su despacho, ricamente amueblado y claramente masculino. Él estaba enfrascado en unos papeles revueltos sobre su escritorio, con su característica expresión seria. Ella lo detalló rápidamente, admitiendo que, a los cincuenta y tantos que tendría, Arthur Thompson aún conservaba ecos de su juvenil belleza. El cabello color chocolate, con uno que otro hilo plateado por acá y por allá, siempre estaba cuidadosamente peinado. Su rostro libre de barba, con esos ojos oscuros que no se perdían ni un solo detalle de lo que pasaba en su empresa, su nariz recta y labios duros. Acompañado todo por  sus impecables trajes de etiqueta y corbatas sobrias.

Era la imagen perfecta de un ejecutivo de mediana edad, exitoso y distinguido. Pero Danielle nunca lo había mirado con algo más allá de curiosidad. No como muchas de sus otras compañeras, que secretamente suspiraban por el jefe.

Hay una reunión con los presidentes de Skin Products y Softly Beauty esta noche —le había dicho— y creo que sería bueno para ti asistir.

¿En serio lo cree? —interrogó, un poco perpleja por su comentario.

Por supuesto. Si te interesa, ve como mi acompañante. Mandaré el vestido que debes usar a tu dirección y pasaré a buscarte a las ocho en punto.

Pero Sr. Thompson. Eso no será necesario, ninguna de las dos cosas —lo miró extrañada— Si llegamos juntos, la gente pensará algo indebido.

¿Y tú? —inquirió levantándose de pronto de su butaca presidencial y caminando hacia ella— No me digas que no te atrae la idea. Es una oportunidad única de lograr lo que deseas en la empresa.

¿Cómo dice? —Danielle caminó hacia atrás para poner distancia entre ellos, mientras captaba el verdadero matiz de sus palabras— Se equivoca. Yo nunca lo he mirado de ese modo.

Eres una mujer muy hermosa, e inteligente.

Deténgase —pidió levantando ambas palmas hacia él.

No te hagas la inocente conmigo Danielle. Te he estado observando.

Danielle no podía creer el rumbo que estaba tomando toda la situación. No quería creerlo. Pero él se lo estaba dejando más que claro con su actitud. Ella simplemente no lo vio venir, así que trató en vano de  sacudirse la mano masculina cuando la tomó por el brazo, pero el tipo era mucho más fuerte. Con brusquedad la acercó a él, pegándola a su traje Armani de mil dólares.  

Deténgase, por favor. Esto no está bien. —Pidió mientras forcejeaba para liberarse— Sr. Thompson ¿Qué cree que está haciendo? ¡Suélteme ahora mismo!

Vamos, vamos, tranquilízate. Sabes tan bien como yo de lo que hablo. No es la gran cosa.

¡Basta ya! —gritó, desesperada.

Solo algunas noches, dos o tres. ¿Quién sabe? Tal vez resultes una sorpresa— el desgraciado tuvo el descaro de sonreírle— ¿No te agradaría, Danielle? Sé que quieres un ascenso. ¿Tal vez con tu propia oficina?

Ella se removió con fuerza, ofendida y sin poder creer lo que el hombre le estaba diciendo. ¿Pero, se había vuelto loco? Le estaba ofreciendo acostarse con ella a cambio de su ascenso. Ese que ella se merecía después de casi cuatro años de arduo trabajo. ¿Cómo diablos había terminado todo así?

No sé por quién me toma, pero ciertamente nunca me acostaría con usted para conseguir lo que me he ganado con mi esfuerzo.

Él la había mirado circunspecto, ciertamente no contento con su respuesta. Pero no había terminado de  humillarla todavía. ¡Ah no! Claro que no.

Me temo que tenemos un conflicto de intereses aquí. Ya sabes lo que quiero de ti, y lo conseguiré Danielle. A menos que desees quedarte sin empleo.

Ella abrió sus ojos, incrédula, ante la amenaza clara de su jefe. El muy cabrón iba a despedirla si no aceptaba sus condiciones. ¡Maldito! Él y todos los condenados hombres por creer que pueden utilizar a las mujeres cuando se les antoja.

Estaba furiosa, dolida y ofendida. Pero su criterio nunca vaciló. Ni por un segundo se detuvo a considerar sus palabras, porque no había ni un gramo de verdad en ellas. Si caía en la trampa, se denigraría por puro gusto, porque él jamás le ayudaría a escalar dentro de la estructura de la empresa. No, a él le convenía mantenerla allí, justo donde podría manejarle.

¿Y bien? ¿Qué respuesta me das? Mira que no tengo todo el día, y esto ya se tardó bastante más de lo esperado.

Lo siento —estaba tan molesta que solo le salió un siseo furioso, en lugar de la voz firme que deseaba. Carraspeó— Me temo que tendré que declinar su generosa oferta.

¿Lo has pensado bien? —inquirió, como si estuviera hablando del clima— No creo que se vuelva a repetir esta oferta.

No ha nada que pensar. Jamás pensé que usted fuera esta clase de persona. Es decepcionante.

Él la miró por unos segundos, analizando sus palabras. Como si estuviera considerando qué hacer ahora. Danielle se preguntó si estaría reconsiderando lo de su despido. Pero no le importó, de igual manera, ella no iba a quedarse trabajando para alguien así.

Adiós, Srta. Miller. Recoja su paga con mi asistente. Que tenga un buen día.

Ella lo miró, sus ojos empañados de decepción y vergüenza ajena, y se marchó. Recogió sus cosas rápidamente, sin hacer caso a las miradas curiosas y perplejas de los demás, y abandonó aquel despreciable lugar.

Y así había terminado sola y desempleada en la playa. Mirando el acantilado bañado por la fuerza violenta del océano y considerando seriamente si debería saltar.

Para su propia consternación —o alivio— era incapaz de dar el paso y acabar con su vida. Por lo que deshizo el camino para regresar a su auto, pensando que demonios iba a hacer de ahora en adelante.

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5 de diciembre de 2011

Relato para la Antología Navideña 2011

¡Hola! ¿Cómo se preparan para estas navidades? Espero que bien. Yo por mi parte estoy haciendo o mío poniéndome al corriente con todo el material que tenía atrasado, ya que al fin pasé de curso en la universidad, puedo pasar diciembre tranquila (gracias a Dios), por eso estaré actualizando (o tratando de actualizar) mucho más seguido, y también emprenderle con todos los proyectos que dejé a un lado por un tiempo.

Por eso, para iniciar esta nueva racha decembrina, les he traído el relato para la Antología Navideña 2011, un proyecto muy interesante que organiza Dulce Cautiva en su blog, y que es bastante ambicioso y muy original (cabe destacar que me siento muy orgullosa de formar parte). Espero que les guste, y si quieren saber más acerca de esto o leer los otros relatos participantes, pasen por aquí.

Bueno, ahora si, aquí se los dejo:

EL REGALO PERFECTO

—¡Atchis!

Genial… —gimió Rebecca con amargura—, Ahora solo me falta pillar un resfriado.

En verdad, enfermarse sería como dicen “la cereza del pastel”, en un día que de por sí, podría considerar el peor en mucho tiempo. Pero como todo era cosa de la mente, comenzó a pensar como un mantra… No voy a enfermarme, no voy a enfermarme, no voy a…

—¡Atchis— Demonios, esto no funciona.

Obviamente, el hecho de llevar puestas ropas completamente húmedas gracias a la nieve que caía sobre su cabeza, no iba a ayudarle de mucho contra el resfriado. Estaba muerta de frío, las puntas de sus finos dedos heladas. Mas no podía hacer nada… se había olvidado las llaves de su apartamento dentro, y como mujer completamente segura de sí misma y llena de autoconfianza, nunca había dejado un duplicado debajo de una maceta, o bajo la alfombra —como tantas veces mostraban en las películas— así que no tenía forma de entrar, y con semejante frío, sus neuronas simplemente se negaban a trabajar sobre tiempo, ya habían sido forzadas hasta su punto máximo durante el día.

¿Qué iba a hacer ahora? Sus padres no estaban en la ciudad, porque se habían ido en un crucero por el Caribe como regalo de navidad, uno que ella también hubiera podido disfrutar si el abusador de su jefe no le hubiera exigido presentarse a trabajar aunque estuviera de vacaciones. No le bastaban los otros catorce empleados, ella tenía que estar ahí. Además, era la noche de navidad, todas las personas estaban en sus casas calentitas, celebrando con sus familias —bueno, todas las personas menos ella—, y para rematar, Anette, su mejor amiga, estaba con su esposo en la casa de su madre al otro lado de la ciudad, y con semejante cantidad de nieve en las calles era prácticamente imposible conducir, ni que decir ir caminando con tan baja temperatura.

Estaba en problemas, sus pies sepultados en un montón de nieve blanca comenzaban a ser insensibles para todo, hasta para ella. Se removió en un vano intento de escapar del aire helado que sopló, pero su cuerpo delgado y pequeño no podría soportarlo por más tiempo. Estaba desesperada. Tanto, que apenas viera a algún vecino entrar a su casa le pediría auxilio y refugio. Pero nadie llegaba, o bien todos se habían ido o ben nadie deseaba ayudarla, porque la entrada jamás había estado más vacía.

Oteó el cielo y suspiró deprimida, pues los nubarrones grises no auguraban nada bueno para ella ni para su situación. La acera ya estaba cubierta de una delgada capa de hielo, y Rebecca pensó que nunca había odiado tanto la nieve como en ese momento. El vaho de su aliento era cada vez más blanco, y los estremecimientos de frío ya le recorrían sin piedad el cuerpo. Cerró los ojos por un segundo, intentando imaginar un lugar más cálido, pero su mente interpretó la señal como una rendición al cansancio, y sus párpados se volvieron tan pesados que ya no pudo separarlos. Soltando un gemido adolorido, se dejó resbalar por la pared, totalmente segura de que plantar su trasero en la nieve era una muy mala idea, pero sin poder hacer nada para evitarlo.

De pronto, su caída fue frenada de manera brusca. Intentó abrir los ojos mientras su cuerpo era rápidamente devuelto a una posición vertical, pero sus pestañas estaban congeladas. El apretón en sus brazos se intensificó cuando fue evidente que no conseguía mantener el equilibrio por sí misma. Sintió la fuerza de alguien junto a ella mientras, ayudada por su fuerte agarre, intentó poner sus rígidas piernas en movimiento, pero no lo consiguió.

—¿Puedes caminar? —le preguntó una voz. El chorro caliente de su aliento rozándole los pómulos.

Rebecca abrió la boca para decirle que no podía sentir sus pies, pero solo pudo emitir un gemido dolorido, así que movió su cabeza de un lado a otro para hacerle saber que eso era tan difícil para ella como mover una roca. La persona hizo un sonido extraño, como angustiado y posteriormente la levantó en brazos como a una niña. Percibió como unas manos fuertes rodeaban su torso y la cara interna de sus rodillas, para elevarla tan fácilmente como a una estatua de plumas. Inconscientemente, ella se acurruco contra él, desesperada por absorber un poco de su calor.

Abrió un poco los ojos y por entre la escarcha de sus pestañas reconoció la figura borrosa de una persona —bueno, un hombre— alto, y con una mandíbula marcada. El resto de su rostro era imposible de reconocer, al menos en ese momento.  Así que volvió a cerrarlos, y recostó su cabeza en el hombro masculino preguntándose ¿A dónde me estará llevando?

—Vas a estar bien— le dijo, y como leyendo su mente continuó— ya casi llegamos a mi casa.
Rebecca se mantuvo en silencio para seguir disfrutando de su voz ronca y del rítmico vaivén de sus movimientos.

**********

Unos diez minutos después, fue depositada con cuidado en un mullido sofá negro, mientras el dueño de esa sensual voz le colocaba una frazada caliente por los hombros, tratando de calentar rápidamente sus ateridos músculos.

Ella lo miró trabajar en eso, mientras le frotaba los brazos y las piernas con fuerza para restablecer la circulación, como un experto. Sus párpados ya no le pesaban, y aunque aún sentía el cuerpo entumecido, quiso probar si sus cuerdas vocales ya funcionaban con normalidad.

—Gracias por ayudarme— murmuró, y el frío le dio a su voz una entonación extraña.

—No hay problema, ¿Ya te sientes mejor?

—Sí. Aunque mis pies siguen dormidos.

—Déjame verlos— pidió, y acto seguido bajó los cierres internos de sus botas para quitárselas. Las gruesas medias de lana que llevaba puestas estaban empapadas y heladas. Pero él con movimientos diestros desnudó sus pequeños pies.

—¡Dios! Están peor de lo que pensé.

Al escuchar semejante comentario, Rebecca se asustó. Y mucho. Por lo que inspeccionó ella misma sus pies, horrorizándose. Estaban completamente pálidos, tanto, que la fina telaraña de venas era perfectamente visible a través de la piel, las uñas se veían entre moradas y rosadas, pero el borde superior estaba tornándose azul. ¡Azul! Sus pies estaban congelados.

Con ojos angustiados miró al hombre que la había ayudado, asustada y realmente preocupada.

—Están congelados ¿Verdad?

—Probablemente— respondió. Y la esperanza huyó de ella tan rápida como un rayo. Él seguía examinando sus pies, moviendo sus dedos hacia arriba y abajo, doblándolos—. No creo que sea tan grave como pensé, aunque tiene un aspecto terrible. Los dedos están rígidos, pero se mueven, y hay flujo sanguíneo. No obstante, tenemos que calentarlos, y rápido.

—¿Qué puedo hacer?

—Tu espera aquí y sigue moviéndolos, yo voy a buscarte agua caliente.

Rebecca suspiró apesadumbrada y con cierto temor todavía recorriéndole el cuerpo. Comenzó a darse torpes apretones en la planta de un pie, luego del otro, y trató de doblar suavemente cada uno de los dedos así como lo había visto a él hacerlo, pero no ayudaba demasiado que sus manos también estuvieran heladas. Apoyó ambos pies en la alfombra, mientras abría y cerraba las manos una, dos, tres veces. Podía escucharlo trajinando en lo que suponía era la cocina del pequeño apartamento. Pequeño pero confortable —observó.

Las paredes estaban pintadas de blanco y ambos sofás era negros, al igual que las mesitas, donde habían varios portarretratos. Sus ojos curiosos se toparon con una foto en particular que le divirtió: un niño de diez años aproximadamente, montado sobre un elefante. El niño sonreía inseguro, mientras que en la imagen, se apreciaba claramente como el inteligente mamífero estaba dispuesto a lanzarle un chorro de agua directo desde su trompa a la cara del muchacho. Rebecca no pudo evitar tomar el marco para verlo más de cerca, y una amplia sonrisa se formó en sus labios al contemplar la escena.

—¿Qué estás mirando? —cuestionó él a su lado.

Rebecca se sobresaltó al escucharlo tan cerca, apretando el portarretratos contra ella en un gesto automático.

—Yo… yo… —Oh cielos, ¿Que le digo?— solo estaba mirando­— dijo, e inmediatamente volvió a colocarlo en la mesa.

¿Por qué estaba tan nerviosa de repente? Solo miraba una foto, tampoco es que lo estaba espiando ni nada. ¿Entonces por qué….

—¿Como sientes los pies?

—Oh si, están mejor— Tanto como una paleta de helado.

—Mételos aquí, verás que te sientes mejor así.

—De acuerdo.

Introdujo los pies en el agua caliente y al principio el contraste de temperatura fue bastante incómodo, pero sus pies se adaptaron, logrando que su cuerpo entrara en calor rápidamente. Y aunque llevaba aún la ropa mojada, se sentía mucho mejor.

—Hay que hacer algo con esa ropa, te enfermarás si no te la quitas.

Rebecca no estaba segura de la razón, pero esas palabras desencadenaron que su rostro se sonrojara completamente. Su corazón empezó una marcha apresurada dentro de su pecho y la respiración se le volvió tan superficial y repetitiva que parecía tener un ataque de asma.

—¿Estás bien? ¡Ey, Rebecca! ¿Qué te sucede?

Esas palabras hicieron que lo mirara directamente. Cortando todo tipo de sobrerreacción llevada a cabo por su cuerpo.

—¿Cómo sabes mi nombre?

El alto y esbelto hombre se mantuvo callado ante esa pregunta. Sus grandes ojos marrones la contemplaron durante varios minutos, para luego bajar hacia el suelo. Carraspeó incómodo
.
—Siempre lo he sabido —murmuró por lo bajo.

Rebecca lo miró nuevamente, descubriendo algunas cosas en él que antes no había mirado, como por ejemplo su cabello negro, corto y rizado, la nariz un poco torcida, el pequeño lunar cerca de la comisura de su boca… ahora parecía diferente, como si antes lo hubiese estado mirando a través de un cristal, y ahora pudiera apreciarlo directamente, más real, más hermoso.

Si observaba su rostro en conjunto, en realidad no había nada en él que fuera particularmente atractivo. Pero analizando cada rasgo por separado, había algo precioso en cada uno, prístino, que la incentivaba a seguir detallándolo. Necesitaba ver sus ojos nuevamente, así que con delicadeza, rodeó sus mejillas con ambas manos, para que él la mirara.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros de manera despreocupada, pero el brillo en sus ojos no podía ser disimulado tan fácilmente.

—¿No vas a decírmelo?

Estaban muy cerca, tanto, que podía ver el latido de la sangre en su cuello, debajo de su mano. Era un pulso rápido, fuerte, lleno de vida. Rebecca deslizó sus dedos por las sombreadas mejillas, reconociendo un terreno completamente nuevo para ella, pero ansiosa por explorarlo todo. Nunca se había tomado esas atribuciones antes con ningún hombre, pero deseaba seguir tocándolo. Su piel tibia era completamente reconfortante para ella, y sus dedos entumecidos volvieron rápidamente a la vida, ansiosos por acariciarlo.

Sabía que lo había visto antes en algún lugar, a ese hombre fuerte y sencillo, pero no lograba recordar donde. Algo en su corazón se lo decía, a la vez que le reprochaba el no haberle prestado atención antes.

Sus manos, grandes y varoniles le acunaron el rostro con ternura, una ternura que tal vez llevaba ahí encerrada mucho tiempo, rogando por su liberación. Ahora llovía como un torrente, solo para ella. Fue una sensación tan singular, como si se hubieran reconocido por fin sus cuerpos tras largo tiempo de ausencia. 

Él sonrió. Una sonrisa radiante que se reflejó en su mirada, y Rebecca se derritió. Sus labios finos se movieron, haciendo un eco exacto de los de él. Aceptando en silencio aquello tan grande que los unía.

—Hola— susurró ella.

—Hola— respondió él, mientras le acariciaba el cabello.

—Tú sabes mi nombre, pero yo no sé el tuyo.

—Adam. Adam Brady —repuso.

—Adam Brady, yo soy Rebecca Smith. Es un placer conocerte.

—El placer es sólo mío, nena.

Él la besó. Lentamente unió sus labios a los de ella, acariciándolos con reverencia. Rebecca paseó sus manos desde su cuello hasta su nuca, donde enterró los dedos en la cabellera negra y brillante. Adam estaba arrodillado en el suelo, entre sus piernas, besándola como si aquello fuera lo más normal del mundo, y ella no deseaba parar. Sus alientos se mezclaron, mientras los brazos masculinos la rodeaban, brindándole una protección que ella no sabía que hubiera necesitado antes, pero sin la cual ahora no podría vivir. Se aferró a él con más fuerza, pegando sus cuerpos de tal manera que ni el aire podía pasar entre ellos. Era algo completamente diferente a cualquier cosa que hubiera vivido hasta ese día.

Se separaron un instante para respirar, y volvieron al ataque. Rebecca besó sus labios, sus párpados, sus mejillas, e incluso el lunarcito adorable al lado de su boca. Todo. Lo quería todo de él, con una urgencia que era a la vez placentera e insoportable. Adam recorrió su cuello con los labios, dejando un rastro abrazador detrás de ellos, a lo largo de la piel. Sus atenciones eran tiernas y desesperadas al mismo tiempo. Como si las hubiera deseado desde hacía tanto que solo pudiera actuar con brusquedad, pero a la vez fuera incapaz de ser brusco. Cuando besó su clavícula, notó que aún llevaba puesta la ropa húmeda, así que se separo de ella, su mirada intensa, penetrante.

—Tienes que quitarte esa ropa —ordenó jadeando— vas a enfermarte.

Rebecca sonrió levemente, y prosiguió a hacer exactamente lo que él le dijo. Cuando levantó el borde de su suéter, él hizo una especie de jadeo entrecortado. Asombrada, ella lo miró curiosa.

—¿Qué? Dijiste que tenía que quitarme la ropa.

—Pe… pero… —la miró asombrado.

—Voy a enfermar si no me quito esta ropa mojada, así que voy a quitármela y ya. ¿Puedes prestarme algo de ropa seca?

Adam asintió, atónito. Aprovechándose de esa expresión, Rebecca se sacó de golpe el suéter y la franela, quedándose con los pantalones y el sujetador. Los hermosos ojos de él se abrieron desmesuradamente, como si no pudiera creer lo que le mostraban. Ella continuó, sin sentir vergüenza en absoluto. Se pertenecían así que ¿Cuál era el problema?

Pensaba hacerlo lentamente, pero la necesidad de estar cerca de él era demasiado fuerte, demasiado atrayente, así que se sacó los pantalones, quedándose sólo en ropa interior. Pero no le dio tiempo a él de pensar nada, se movió rápidamente hacia él, con sus pies aún un poco torpes, pero casi recuperados. Tomó el borde de su camisa y se la quitó apresuradamente. Necesitaba sentirlo, acariciarlo.

Pronto no tuvo que seguir provocándolo. Él reaccionó de una manera completamente salvaje, reclamándola. Y Rebecca le respondió con su cuerpo: Soy tuya.

**********

Horas más tarde, Rebecca yacía acurrucada en los brazos de Adam, sintiéndose más feliz de lo que recordaba haber estado en algún momento. ¿Cómo podía explicar lo que había sucedido? No estaba segura. Solo sabía que ya nunca podría separarse de Adam. Lo necesitaba. Era algo tan elemental como respirar, como vivir. Lo Amo— comprendió.  Se había enamorado de él en el momento en que la había rescatado de morir congelada en la acera. Y desde entonces, solo le había arrebatado más y más partes de su corazón, a tal punto que ya no podía imaginar vivir sin él a su lado. Solo rogaba que él sintiera por ella esa misma necesidad, ese mismo sentimiento que inundaba su corazón.

Él no había dicho nada en un rato. Si no fuera porque sentía las tiernas caricias de sus dedos en la espalda, habría jurado que estaba dormido. Rebecca deseaba que él también le dijera que la amaba. Se sentía tana bien estar así, pegada a él, con la cabeza en su hombro e inhalando su aroma, que temía que aquello fuera un sueño producto del frío. Se apretó más a él, intentando huir de esa idea, y Adam la apretó más en sus brazos.

—¿Estás bien?

—Es la tercera vez que me preguntas exactamente lo mismo— refutó divertida.

—¿De verdad? Valla, no me había dado cuenta.

Adam se sumergió nuevamente en el silencio, y Rebecca no iba a permitírselo.

—¿En qué piensas? Estas muy callado.

Él la obsequió con una sonrisa encantadora.

—Solo intento convencerme de que esto es real, y no un sueño cruel.

Ella levantó la cabeza para mirarlo directamente mientras su mano le acariciaba el rostro.

—Estamos pensando algo parecido —dijo, y le dio un beso en la barbilla— pero no es un sueño.

—No, creo que no lo es. Pero me parece tan increíble tenerte aquí, conmigo, que aún no puedo creerlo.

Rebecca bajó sus labios hacia los de él, en un beso tierno lleno de amor, para hacerle saber cuan real era todo aquello.

—Y pensar que estando ahí afuera, muerta de frío, creí que sería la peor navidad de mi vida. Estaba realmente equivocada.

El brillo en los ojos de Adam le dijo cuanto agradecía él sus palabras, y cuan acertadas eran también. El la beso, tan suavemente como si fuera una muñeca de cristal, saboreándola lentamente, con paciencia. Demostrándole cuanto la amaba. Porque la amaba. Ese brillo en su mirada solo podía significar eso, brillaban tanto como aquella vez, en la casa de Anette, cuando…

—¡Ya lo recuerdo!— jadeó ella al separarse de los labios masculinos— ya recuerdo dónde te había visto antes…

La suave y ronca risa masculina le envió escalofríos a lo largo y ancho del cuerpo.

—No te burles. ¿Cómo iba a reconocerte desde entonces? Además, tenías un aspecto completamente diferente.

—Sí, lo sé. Acababa de llegar de un viaje muy largo. Kevin, el esposo de Anette, ha sido mi amigo desde hace años y me ofreció quedarme en su casa hasta que pudiera acomodarme en mi propio lugar. Entonces un día tú llegaste a visitarlos, era el cumpleaños de Anette, lo recuerdo. Y también recuerdo que desde que te vi, no pude dejar de pensar en ti.

—Pero eso fue hace meses. ¿Por qué no me buscaste?

—Porque sé cuando una mujer no está interesada en mí, y créeme, tú no podías estar menos interesada.

Rebecca se ruborizó, la vergüenza haciendo estragos en ella. Era cierto, no lo había tenido en muy buena estima. Para ser sinceros, había prescindido de él completamente. Y pensar que ahora…

—Hey, hey. No pienses en eso. Ya es pasado, estás conmigo ahora. Y te juro que nada más me importa.

Él hundió la nariz en su cabello, saturándose de su olor femenino. Tenía que decirlo, no podía aguantarlo más. Si seguía reprimiéndolo su pecho explotaría. Pero Adam, nuevamente, le robó las palabras.

—Te amo, Bec. Te amé prácticamente desde que te vi. No sé cómo explicarlo, a veces creo que es absurdo, pero lo siento. Aquí —colocó con delicadeza la palma femenina sobre su pecho— solo hay espacio para ti.

Los ojos de Rebecca se llenaron de lágrimas, mientras escuchaba las palabras más hermosas que alguien le hubiera dedicado nunca. El nudo en su garganta creció, amenazando con ahogarla, y las lágrimas que en vano intentaba detener, brotaron libres rodando por su rostro y estrellarse en el amplio pecho masculino.

—Yo también… —sorbió por la nariz de una manera muy poco femenina— también te amo, Adam.

Los fuertes brazos de Adam se cerraron a su alrededor, acercándola a él, fundiendo sus pieles, sus almas en una sola, y a la vez protegiéndola de todo lo demás. Los amplios labios masculinos buscaron los suyos, para juntarse con un choque explosivo. Cuando se separaron, jadeantes pero felices, se miraron de esa manera, esa que les comunicaba que sobraban las palabras.

—Feliz Navidad, Bec.

—Feliz Navidad, Adam. Y gracias por amarme.




 FIN


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