Proyecto Adictos a la Escritura/Noviembre

Éste mes, nos tocaba escribir relatos cortos acerca de un tema, evitando utilizar las palabras claves que se tomarían para describir dicha escena. 

Solo hice una, porque estuve corta de tiempo, y a pesar de todo quería participar. 

La escena que escogí fue: Un encuentro amoroso, donde no se podían usar las palabras: amor, cariño, pasión, deseo o lujuria.

El relato que resultó fue el siguiente:

Tropiezos


Era increíble cómo el hecho de levantarte tarde podía darle un giro de setecientos grados a tu vida.

Esa mañana, lo último que Víctor se imagino, era que su despertador no sonaría. Pero eso fue lo que sucedió. Y como resultado, se levantó cuarenta minutos más tarde de lo que quería, ocasionando que en lugar de tomar una ducha minuciosa como cada mañana, tuviese que lavarse los dientes a toda máquina, colocarse un poco de desodorante y peinar su cabello rizado con los dedos en lugar de un cepillo y gel, intentando no parecer un perro recién bañado.

Se puso su elegante traje a una velocidad que el mismísimo flash envidiaría, y salió volando por la puerta de su pequeño apartamento, bien consciente de que tendría que hacer la mayor parte del camino a pie si quería evitar el tráfico. ¿Y por qué era tan importante llegar temprano, se preguntarán? Eso es sencillo. Hoy era el primer día de trabajo de Víctor.

Que, por lo visto, comenzaba con el pie izquierdo, tomando en cuenta los sucesos que siguieron en esa mañana:

Por salir a trompicones de su apartamento, llevaba la corbata desanudada a ambos lados de del cuello, mientras luchaba con su impecable chaqueta negro medianoche para que se mantuviera alejada del suelo, mantenía sus impolutos zapatos apartados del barro de la avenida y peleaba con el serio y eficiente maletín que había comprado para llevar todo el material que necesitaría en la oficina. Luchando furiosamente con la punta de su corbata, desesperado por arreglarla, desvió la mirada hacia su pecho por dos segundos. Dos segundos que ocasionaron el segundo desastre de la mañana: tropezar. Tropezar como un idiota con un desnivel de la acera y caer de bruces sobre el pavimento.

Pero la dura y fría acera no fue lo que recibió el impacto de sus noventa y tres kilos seiscientos. Fue un cuerpo, uno particularmente suave, que quedó atrapado entre él una descoordinada bola de carne humana y el suelo. Víctor se quedó sin respiración, mientras levantaba la mirada hacia la persona que había atropellado en medio de su torpe preceder. El par de ojos más bonito que había visto se encontró a medio camino con su mirada, logrando que su corazón se disparara en un frenesí atronador dentro de su pecho.

Se quedó ahí, mirándola, como el tonto más tonto del planeta. Hasta que ella carraspeó suavemente.

—Lo siento. ¡Dios, lo siento mucho! —se disculpó él, su rostro inundado por un rubor bochornoso de proporciones colosales.

Pero la chica, para sorpresa de él, no lo insultó como Víctor se había imaginado. Simplemente se echó a reír.

—Eso fue divertido. E inesperado —comentó ella, con la risa aún escuchándose en su voz—. No me mal entiendas, pero creo que sería mucho más cómodo levantarse del suelo ¿No crees?

La vergüenza de Víctor sólo aumentó ante lo que ella había dicho. Gimiendo internamente, se separó de ella, con movimientos precisos que no lo dejaran más aun en ridículo. Una vez en pie, le tendió la mano a ella hasta colocarla en posición vertical.

—¿Estás bien? —preguntó Víctor, preocupado—. No quise lastimarte en ningún momento, por favor discúlpame. No estaba mirando por dónde iba, y con lo torpe que sé que soy tendría que haber estado más pendiente de por d…

Cortó su explicación ante el gesto de ella para que se detuviera.

—Está bien. Deja de disculparte. No me he lastimado, tú no te has lastimado —le dio a su voz un tonillo interrogante, ante el cual él negó con la cabeza—. Excelente. Entonces está todo bien.

Ella le estaba sonriendo de una manera tan tierna, que él solo pudo mirarla ahí de pie, en medio del concreto pisoteado por transeúntes, escuchando la música alocada que el corazón le cantaba en el pecho.

—Soy Víctor —declaró. Su boca soltando las palabras incluso antes de que su mente se diera cuenta de lo que iba a decir.

—Soy Ana —ella volvió a sonreírle de esa manera tan suya, manteniéndolo atado a ese instante, a ese lugar, con ella—. ¿Quieres un café? De pronto siento que muero por uno.

Víctor simplemente asintió. No sabía por qué, pero ya no le importaba más si llegaba tarde al trabajo.



FIN

12 Toque (s):

Raquel Campos dijo...

Precioso relato, me ha gustado mucho Víctor, que desastre!!!
Pero le ha venido muy bien levantarse tarde!!
Un saludo!!!

Dora Ku dijo...

Daniela: Muy lindo que es el romance, pero, ¡ay, que materialista soy!, ¿con qué piensa mantener a la chica, digo yo, si lo más seguro es que ya perdió el empleo?
Buen relato.
Cariñosamente: Doña Ku

Daniela Agrafojo dijo...

Jajajaja creo que tienes razón, no pensé en eso.

gracias por comentar chicas!!!

Rosa de los Santos dijo...

QUE LARGO PARA UN MICRO.. PERO MUY BIEN REDACTADO !! BESOSS

Lydia Pinilla dijo...

Es muy bonito :) ¡Qué me gustan las historias de amor!
La única pega que puedo poner es que da la impresión de que superas las 500 palabras ( no las he contado, puede que me equivoque.
Besitos

Cloe dijo...

Precioso. Muy ameno de leer y la encantadora torpeza de Victor da un toque particular al relato. Enhorabuena

Dolly Gerasol dijo...

Qué lindo!!! Me gustó mucho como describiste el encuentro!! Saludos :)

daniel dijo...

Buen relato Daniela, ¡espero que Ana lo ayudara a encontrar un nuevo trabajo!

Besos, princesa.

Fernanda gisel dijo...

Hola!!!
Me gusto mucho!!!
Premio para vos!!


http://porquesimplementemegustaleer.blogspot.com.ar/2012/12/premio.html


Saludosss!

Daniela Agrafojo dijo...

Yo también lo espero!!! Gracias por comentar

Daniela Agrafojo dijo...

Hola Fernanda, gracias por el premio! En cualquier chancesito me pongo a ello, un abrazo linda!

Daniela Agrafojo dijo...

Creo que si las supera un poquito, pero no encontré manera de acortarlo más.

Gracias por comentar!

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29 de noviembre de 2012

Proyecto Adictos a la Escritura/Noviembre

Éste mes, nos tocaba escribir relatos cortos acerca de un tema, evitando utilizar las palabras claves que se tomarían para describir dicha escena. 

Solo hice una, porque estuve corta de tiempo, y a pesar de todo quería participar. 

La escena que escogí fue: Un encuentro amoroso, donde no se podían usar las palabras: amor, cariño, pasión, deseo o lujuria.

El relato que resultó fue el siguiente:

Tropiezos


Era increíble cómo el hecho de levantarte tarde podía darle un giro de setecientos grados a tu vida.

Esa mañana, lo último que Víctor se imagino, era que su despertador no sonaría. Pero eso fue lo que sucedió. Y como resultado, se levantó cuarenta minutos más tarde de lo que quería, ocasionando que en lugar de tomar una ducha minuciosa como cada mañana, tuviese que lavarse los dientes a toda máquina, colocarse un poco de desodorante y peinar su cabello rizado con los dedos en lugar de un cepillo y gel, intentando no parecer un perro recién bañado.

Se puso su elegante traje a una velocidad que el mismísimo flash envidiaría, y salió volando por la puerta de su pequeño apartamento, bien consciente de que tendría que hacer la mayor parte del camino a pie si quería evitar el tráfico. ¿Y por qué era tan importante llegar temprano, se preguntarán? Eso es sencillo. Hoy era el primer día de trabajo de Víctor.

Que, por lo visto, comenzaba con el pie izquierdo, tomando en cuenta los sucesos que siguieron en esa mañana:

Por salir a trompicones de su apartamento, llevaba la corbata desanudada a ambos lados de del cuello, mientras luchaba con su impecable chaqueta negro medianoche para que se mantuviera alejada del suelo, mantenía sus impolutos zapatos apartados del barro de la avenida y peleaba con el serio y eficiente maletín que había comprado para llevar todo el material que necesitaría en la oficina. Luchando furiosamente con la punta de su corbata, desesperado por arreglarla, desvió la mirada hacia su pecho por dos segundos. Dos segundos que ocasionaron el segundo desastre de la mañana: tropezar. Tropezar como un idiota con un desnivel de la acera y caer de bruces sobre el pavimento.

Pero la dura y fría acera no fue lo que recibió el impacto de sus noventa y tres kilos seiscientos. Fue un cuerpo, uno particularmente suave, que quedó atrapado entre él una descoordinada bola de carne humana y el suelo. Víctor se quedó sin respiración, mientras levantaba la mirada hacia la persona que había atropellado en medio de su torpe preceder. El par de ojos más bonito que había visto se encontró a medio camino con su mirada, logrando que su corazón se disparara en un frenesí atronador dentro de su pecho.

Se quedó ahí, mirándola, como el tonto más tonto del planeta. Hasta que ella carraspeó suavemente.

—Lo siento. ¡Dios, lo siento mucho! —se disculpó él, su rostro inundado por un rubor bochornoso de proporciones colosales.

Pero la chica, para sorpresa de él, no lo insultó como Víctor se había imaginado. Simplemente se echó a reír.

—Eso fue divertido. E inesperado —comentó ella, con la risa aún escuchándose en su voz—. No me mal entiendas, pero creo que sería mucho más cómodo levantarse del suelo ¿No crees?

La vergüenza de Víctor sólo aumentó ante lo que ella había dicho. Gimiendo internamente, se separó de ella, con movimientos precisos que no lo dejaran más aun en ridículo. Una vez en pie, le tendió la mano a ella hasta colocarla en posición vertical.

—¿Estás bien? —preguntó Víctor, preocupado—. No quise lastimarte en ningún momento, por favor discúlpame. No estaba mirando por dónde iba, y con lo torpe que sé que soy tendría que haber estado más pendiente de por d…

Cortó su explicación ante el gesto de ella para que se detuviera.

—Está bien. Deja de disculparte. No me he lastimado, tú no te has lastimado —le dio a su voz un tonillo interrogante, ante el cual él negó con la cabeza—. Excelente. Entonces está todo bien.

Ella le estaba sonriendo de una manera tan tierna, que él solo pudo mirarla ahí de pie, en medio del concreto pisoteado por transeúntes, escuchando la música alocada que el corazón le cantaba en el pecho.

—Soy Víctor —declaró. Su boca soltando las palabras incluso antes de que su mente se diera cuenta de lo que iba a decir.

—Soy Ana —ella volvió a sonreírle de esa manera tan suya, manteniéndolo atado a ese instante, a ese lugar, con ella—. ¿Quieres un café? De pronto siento que muero por uno.

Víctor simplemente asintió. No sabía por qué, pero ya no le importaba más si llegaba tarde al trabajo.



FIN

12 comentarios:

  1. Precioso relato, me ha gustado mucho Víctor, que desastre!!!
    Pero le ha venido muy bien levantarse tarde!!
    Un saludo!!!

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  2. Daniela: Muy lindo que es el romance, pero, ¡ay, que materialista soy!, ¿con qué piensa mantener a la chica, digo yo, si lo más seguro es que ya perdió el empleo?
    Buen relato.
    Cariñosamente: Doña Ku

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    1. Jajajaja creo que tienes razón, no pensé en eso.

      gracias por comentar chicas!!!

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  3. QUE LARGO PARA UN MICRO.. PERO MUY BIEN REDACTADO !! BESOSS

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  4. Es muy bonito :) ¡Qué me gustan las historias de amor!
    La única pega que puedo poner es que da la impresión de que superas las 500 palabras ( no las he contado, puede que me equivoque.
    Besitos

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    1. Creo que si las supera un poquito, pero no encontré manera de acortarlo más.

      Gracias por comentar!

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  5. Precioso. Muy ameno de leer y la encantadora torpeza de Victor da un toque particular al relato. Enhorabuena

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  6. Qué lindo!!! Me gustó mucho como describiste el encuentro!! Saludos :)

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  7. Buen relato Daniela, ¡espero que Ana lo ayudara a encontrar un nuevo trabajo!

    Besos, princesa.

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    1. Yo también lo espero!!! Gracias por comentar

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  8. Hola!!!
    Me gusto mucho!!!
    Premio para vos!!


    http://porquesimplementemegustaleer.blogspot.com.ar/2012/12/premio.html


    Saludosss!

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    1. Hola Fernanda, gracias por el premio! En cualquier chancesito me pongo a ello, un abrazo linda!

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