Amor Sin Límites (Relato participante en el Concurso de Iris)






Rodrigo apenas podía respirar.
Su corazón latía tan fuerte en su pecho que llegó a pensar que le estallaría. Así no más, como una bomba, de lo intenso que lo sentía.

Pero es que llegar hasta la casa y tocar la puerta le había tomado horas, mientras reunía todo el valor necesario para ir a buscarla. ¿Buscar a quien? Pues a lo que sabía ahora, era lo más valioso e importante que alguna vez hubiese tenido. 

Tan solo unos meses conociéndola y ya su mundo se encontraba patas arriba. Pues el tonto de Cupido, con sus ridículas flechitas de puntitas de corazón, con su estúpido pañal y las aún más estúpidas alitas, no le había dado tregua alguna. El flechazo fue inmediato e inminente en todo el centro de su pecho, como un dardo letal al alcanzar a su presa. Claro que, ella no tenía la culpa de nada, de absolutamente nada de lo que provocaba en él. Ella ni siquiera imaginaba el poder de su mirada, esa tan luminosa que con solo recordarla le alumbraba hasta las noches más oscuras, mucho menos tendría siquiera una idea de que su risa le sonaba a Rodrigo en los oídos como música celestial.

Claro que, para alguien acostumbrado a la soledad, el de pronto aceptar que se está enamorando de una chica en tan solo unos pocos meses puede llegar a sonar increíblemente ridículo. Incluso él mismo se negaba a aceptarlo. Hasta que llegó a sus orejas la información que acabaría por desestabilizar su ya volteada existencia. Ella se marcharía. Así de pronto como había llegado, se iría. Y eso simplemente le devolvió a la realidad, a una realidad que ni su mente ni su corazón se dignaron a considerar siquiera. ¡Por Dios! No podía dejar que se marchara de su lado, aún cuando él mismo pudiese ser el causante de semejante decisión.
Por eso estaba ahí. Afuera de su puerta. Intentando encontrar las palabras que la hicieran recapacitar y quedarse. Porque él ya no sería capaz de vivir sin ella.

Llovía torrencialmente esa noche, así que literalmente estaba empapado de la cabeza a los pies, pero un poco de agua no le haría desistir de lo que seguramente era la decisión más importante de su vida. Convocando el valor que tardó horas en reunir, levantó lentamente la mano hacia el timbre. Tocó y esperó a que ella abriera la puerta. Apenas asomara su cabecita hermosa, le soltaría de sopetón todo lo que su corazón ansiaba gritarle, sí, eso haría. Escuchó cuando quitaba el cerrojo y se preparó mentalmente, pero en cuanto se topó con los ojos de ella, todas sus intenciones se fueron al traste ¡Rayos!

-Rodrigo...  –ella no podía creer lo que estaba viendo- ¿qué estás haciendo aquí?
¡Habla! ¡Di algo, maldición! Se recriminaba él mentalmente ante su inesperado mutismo. Movió los labios a la fuerza, haciendo que éstos finalmente respondieran.
-Hola…hace frío… ¿Puedo pasar? –en verdad sentía las manos heladas.
 Ella abrió la puerta mientras lo miraba perpleja, sin poder creerse que el hubiese ido a su casa. ¿Qué otra cosa había quedado sin decir? se preguntó. Cuando ambos estaban dentro, lo miró sin saber que decir, hasta que notó que su ropa goteaba agua.

-Voy a buscar algo para que te seques.
Rodrigo la siguió con la mirada, mientras intentaba recordar todas las palabras que había planeado decirle, aunque en el momento en que la miró su mente se vació de todo pensamiento coherente.
-Toma –le extendió una toalla- ahora ¿Puedes decirme a que viniste?
-Necesito decirte algo.
-Creí que no teníamos nada de qué hablar– respondió tristemente.
Ya no, pensó. No desde aquel fatídico día, en el que todo cambió entre ellos. Ella era consciente de que estaba absurda y totalmente enamorada de ese hombre hermoso en tantos sentidos. Había cautivado su corazón como cuando enlazaban el ganado en el rancho de sus padres, con un lazo directo a su corazón, del cual no tuvo escapatoria. Así que un día, siguiendo su instinto le dijo la verdad, provocando el desastre. El la había mirado con tanta indiferencia, que quiso patearse mentalmente por ser tan tonta y por soñar con cosas que nunca tendría. Por eso se iba, no podía seguir resistiendo su rechazo, dolía demasiado.
-Pues yo si tengo algo que decirte –dijo firmemente, y entonces su voluntad de acero cedió- esto... yo... no te vayas.
Ella le miró tratando de resistir las ganas de llorar que le asaltaron de pronto. Dios, lo amaba inmensamente, y eso le dolía tanto.
-Pensé que todo había quedado claro –susurró con la voz quebrada, sus ojos luminosos brillaban como espejos por la humedad- no hay nada más que decir.

Él notó las lágrimas en sus ojos preciosos y se odió por hacerla sufrir. Pero necesitaba decirle, explicarle que se había equivocado, y que ya nunca más la haría llorar. Así que caminó hacia ella, con suma delicadeza le levantó el rostro y sintió su corazón encogerse de culpa ante su mirada.

-Por favor –rogó- por favor, no llores.
Ella apartó su rostro dolida. Lo último que necesitaba era su compasión. Se secó las lágrimas de un manotazo y le enfrentó.
-¿Qué es lo que quieres? –ella estaba furiosa. No quería verlo, no si solo iba a aumentar su sufrimiento.
-Yo…solo quiero decirte esto –habló acercándose a ella nuevamente y tomándola por la cintura para pegarla a su cuerpo.
-¿Qué? –preguntó a un suspiro de sus labios- suéltame, Rodrigo…
-No te vayas –le susurró antes de unir sus labios con los de ella.

Rodrigo la besó lenta y suavemente, como si la estuviera chantajeando con su boca sobre la de ella. Al comienzo ella se resistía, e intentó alejarse de él. Así que él fue intensificando el beso, y de pronto todo se salió de control.

Las manos de Rodrigo vagaron vehementes por toda la espalda de Carlota. Necesitaba tocarla, sentirla junto a él, necesitaba su calor, sus besos. Cuando ella empezó a responder a sus caricias sintió que sus piernas se aflojaban un poco, su ya de por sí acelerado corazón retumbaba en sus oídos con fuerza, necesitaba pedirle, rogarle que no se fuera de su lado, porque ya no sería nada sin Carlota, su Carlota. Con desgana separó su boca para hablar.

-Quiero... no, necesito que te quedes a mi lado –confesó con la respiración entrecortada- porque me di cuenta de que si te vas no me queda nada, no soy nada sin ti.
-Rodrigo, yo –Carlota trataba de contener las lágrimas nuevamente, sin mucho éxito.
-No, solo escúchame. Yo me equivoqué. Esa vez que hablamos y tú me dijiste que me querías, no me di cuenta, pero ahora lo sé y no puedo dejar que te alejes de mí. Por favor, dime que no es demasiado tarde.
Ella lo miraba fijamente, tratando de leer en su mirada sus sentimientos. Desesperación, arrepentimiento y algo que solo podía ser amor era lo que brillaba en su mirada, confirmándolo. Suprimió la sonrisa que iba a soltar mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, porque le creía. Sus ojos, esa mirada carbón que tanto adoraba hablaba con la voz más alta de todas, revelando más de lo que él creía. Se sintió inmensamente feliz, pero aún no se lo diría.
-Carlota –mencionó el nombre como una caricia- dime que te quedarás conmigo.

La desesperación estaba ganando terreno en sus pupilas, pero ella se mantuvo en silencio, observándolo. Al hombre que conoció por casualidad y que ahora era esencial para ella, no pudo evitar pensar que sin duda el destino se jugó sus cartas en el asunto. Ella acudió a la Gran Manzana gracias a una oferta de trabajo, abandonando el rancho de sus amados y sobre protectores padres, en un doble intento también de  independizarse. Y allí, lo encontró, encantada de que él también tuviese raíces sureñas,congeniaron al instante.  Y así sucedió, ya no pudo separarse de ese hombre alto y musculoso, de piel bronceada  y cabello negro y porte orgulloso. Ni de sus ojos negros, que  fueron su perdición, y la persiguieronen muchos sueños. Y si antes no estaba segura, ahora ya no había duda alguna, nunca sería capaz de irse.

Él la miraba ansioso, sus músculos tensos, aguardando la respuesta que cambaría su vida. Aquella que se convertiría en el mejor de sus sueños, o la que daría al traste con todo. ¡Dios! No podría resignarse a perderla por su estupidez, jamás podría soportarlo, así como tampoco soportaba ya las ansias de besarle, y si esa era la coacción que ella necesitaba, con gusto se la daría. Con presteza se acercó a ella, rodeando con sus manos el rostro amado y lo hizo. Los labios de ella parecían seda ante el contacto con los suyos, una seda ardiente e hipnotizadora que lo mantenía cautivo, preso de sus más profundos anhelos. bajó las manos hasta su cintura y la pegó aún más a su cuerpo ansioso. Necesitaba sentirla, tenerla, amarla toda entera.

Su corazón explotaría, estaba seguro, por lo descontrolado que estaba. Jamás ninguna mujer le hizo sentirse así, pero es que jamás había conocido a alguien como ella. Su necesidad crecía en su interior mientras seguía besándola hasta que de repente todo se volvió fuego. Como pudo la tomó en brazos y caminó hasta la que supuso era la habitación. Abrió la puerta con desespero y la tumbó en el colchón. La ropa estorbaba, así que salió volando. Las manos le picaban por tocarla, por recorrer su piel, por sentir el roce de ambas.

Besos, besos y más besos. Y calor, mucho calor.
Esos fueron los últimos pensamientos coherentes de Rodrigo. Afuera seguía calléndose el cielo de tanta agua y seguramente hacía un frío de mil demonios. Pero él no lo sentía. Todo lo que fue capaz de pensar era en la mujer a la que tenía en brazos, a la que estaba haciendo suya y quien permanecería a su lado por el resto de sus vidas. Porque jamás permitiría que alguien la apartara de él, la necesitaba con locura. Porque solo el amor de ella era lo que le daba motivos para ser mejor, le daba seguridad para afrontar cualquier obstáculo y le daba la felicidad que siempre anheló, aún sin darse cuenta.

-Te amo –gimió Rodrigo en medio del ardor de su entrega- Te amo, te amo –repitió. Para que ella jamás dudara que era la única y que nunca habría otra en el mundo para él que no fuera ella.
-También te amo –dijo ella, emocionada por su confesión.

Después de entregarse sin reservas en los brazos del otro, después de intercambiarse los corazones que sabían, eran uno ahora, agotados cayeron rendidos en el colchón. Acurrucados uno en brazos del otro, se dejaron llevar por el sueño. A sabiendas de que al despertar lo primero que verían sus ojos serían los de la persona amada.
**********

Rodrigo despertó lentamente, desperezándose cómodamente entre la tibieza de las mantas. Giró su rostro para deleitarse con la imagen de su Carlota, aún abandonada al sueño entre sus brazos. No conseguía ocultar la inmensa felicidad que le colmaba el pecho, al ver su rostro de ángel, su cabello largo y dorado esparcido por su brazo, como una alfombra de trigo que brillaba como el sol. Y aunque sus ojos estuviesen cerrados, los veía claramente en su mente. Esos ojos verdes que le alumbraban hasta en la peor oscuridad y le llenaban de felicidad. Suspiró profundamente y ella se removió entre su abrazo, provocando una sonrisa llena de ternura por parte de él, que, dándole un beso en la frente, juró una vez más amar sin límites a esa mujer hermosa, inteligente y gentil que ahora era la dueña de su corazón y su alma.


FIN


3 Toque (s):

Brianna Callum dijo...

¡Hola, Dani!
Es un relato precioso. Muy romántico.
Mucha suerte.
Besos,
Bri

juqeludo dijo...

I’ve been into blogging for quite some time and this is definitely a great post.Cheers!

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Cαmılεε_Lıvelч...☮ dijo...

Orale me gusto tu blog muy lindo y el relato tambien es increible espero te des una vultita por mi blog y comentes para ver q te paresio ok kuidat y sigue asi

Saludozz...

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16 de marzo de 2011

Amor Sin Límites (Relato participante en el Concurso de Iris)






Rodrigo apenas podía respirar.
Su corazón latía tan fuerte en su pecho que llegó a pensar que le estallaría. Así no más, como una bomba, de lo intenso que lo sentía.

Pero es que llegar hasta la casa y tocar la puerta le había tomado horas, mientras reunía todo el valor necesario para ir a buscarla. ¿Buscar a quien? Pues a lo que sabía ahora, era lo más valioso e importante que alguna vez hubiese tenido. 

Tan solo unos meses conociéndola y ya su mundo se encontraba patas arriba. Pues el tonto de Cupido, con sus ridículas flechitas de puntitas de corazón, con su estúpido pañal y las aún más estúpidas alitas, no le había dado tregua alguna. El flechazo fue inmediato e inminente en todo el centro de su pecho, como un dardo letal al alcanzar a su presa. Claro que, ella no tenía la culpa de nada, de absolutamente nada de lo que provocaba en él. Ella ni siquiera imaginaba el poder de su mirada, esa tan luminosa que con solo recordarla le alumbraba hasta las noches más oscuras, mucho menos tendría siquiera una idea de que su risa le sonaba a Rodrigo en los oídos como música celestial.

Claro que, para alguien acostumbrado a la soledad, el de pronto aceptar que se está enamorando de una chica en tan solo unos pocos meses puede llegar a sonar increíblemente ridículo. Incluso él mismo se negaba a aceptarlo. Hasta que llegó a sus orejas la información que acabaría por desestabilizar su ya volteada existencia. Ella se marcharía. Así de pronto como había llegado, se iría. Y eso simplemente le devolvió a la realidad, a una realidad que ni su mente ni su corazón se dignaron a considerar siquiera. ¡Por Dios! No podía dejar que se marchara de su lado, aún cuando él mismo pudiese ser el causante de semejante decisión.
Por eso estaba ahí. Afuera de su puerta. Intentando encontrar las palabras que la hicieran recapacitar y quedarse. Porque él ya no sería capaz de vivir sin ella.

Llovía torrencialmente esa noche, así que literalmente estaba empapado de la cabeza a los pies, pero un poco de agua no le haría desistir de lo que seguramente era la decisión más importante de su vida. Convocando el valor que tardó horas en reunir, levantó lentamente la mano hacia el timbre. Tocó y esperó a que ella abriera la puerta. Apenas asomara su cabecita hermosa, le soltaría de sopetón todo lo que su corazón ansiaba gritarle, sí, eso haría. Escuchó cuando quitaba el cerrojo y se preparó mentalmente, pero en cuanto se topó con los ojos de ella, todas sus intenciones se fueron al traste ¡Rayos!

-Rodrigo...  –ella no podía creer lo que estaba viendo- ¿qué estás haciendo aquí?
¡Habla! ¡Di algo, maldición! Se recriminaba él mentalmente ante su inesperado mutismo. Movió los labios a la fuerza, haciendo que éstos finalmente respondieran.
-Hola…hace frío… ¿Puedo pasar? –en verdad sentía las manos heladas.
 Ella abrió la puerta mientras lo miraba perpleja, sin poder creerse que el hubiese ido a su casa. ¿Qué otra cosa había quedado sin decir? se preguntó. Cuando ambos estaban dentro, lo miró sin saber que decir, hasta que notó que su ropa goteaba agua.

-Voy a buscar algo para que te seques.
Rodrigo la siguió con la mirada, mientras intentaba recordar todas las palabras que había planeado decirle, aunque en el momento en que la miró su mente se vació de todo pensamiento coherente.
-Toma –le extendió una toalla- ahora ¿Puedes decirme a que viniste?
-Necesito decirte algo.
-Creí que no teníamos nada de qué hablar– respondió tristemente.
Ya no, pensó. No desde aquel fatídico día, en el que todo cambió entre ellos. Ella era consciente de que estaba absurda y totalmente enamorada de ese hombre hermoso en tantos sentidos. Había cautivado su corazón como cuando enlazaban el ganado en el rancho de sus padres, con un lazo directo a su corazón, del cual no tuvo escapatoria. Así que un día, siguiendo su instinto le dijo la verdad, provocando el desastre. El la había mirado con tanta indiferencia, que quiso patearse mentalmente por ser tan tonta y por soñar con cosas que nunca tendría. Por eso se iba, no podía seguir resistiendo su rechazo, dolía demasiado.
-Pues yo si tengo algo que decirte –dijo firmemente, y entonces su voluntad de acero cedió- esto... yo... no te vayas.
Ella le miró tratando de resistir las ganas de llorar que le asaltaron de pronto. Dios, lo amaba inmensamente, y eso le dolía tanto.
-Pensé que todo había quedado claro –susurró con la voz quebrada, sus ojos luminosos brillaban como espejos por la humedad- no hay nada más que decir.

Él notó las lágrimas en sus ojos preciosos y se odió por hacerla sufrir. Pero necesitaba decirle, explicarle que se había equivocado, y que ya nunca más la haría llorar. Así que caminó hacia ella, con suma delicadeza le levantó el rostro y sintió su corazón encogerse de culpa ante su mirada.

-Por favor –rogó- por favor, no llores.
Ella apartó su rostro dolida. Lo último que necesitaba era su compasión. Se secó las lágrimas de un manotazo y le enfrentó.
-¿Qué es lo que quieres? –ella estaba furiosa. No quería verlo, no si solo iba a aumentar su sufrimiento.
-Yo…solo quiero decirte esto –habló acercándose a ella nuevamente y tomándola por la cintura para pegarla a su cuerpo.
-¿Qué? –preguntó a un suspiro de sus labios- suéltame, Rodrigo…
-No te vayas –le susurró antes de unir sus labios con los de ella.

Rodrigo la besó lenta y suavemente, como si la estuviera chantajeando con su boca sobre la de ella. Al comienzo ella se resistía, e intentó alejarse de él. Así que él fue intensificando el beso, y de pronto todo se salió de control.

Las manos de Rodrigo vagaron vehementes por toda la espalda de Carlota. Necesitaba tocarla, sentirla junto a él, necesitaba su calor, sus besos. Cuando ella empezó a responder a sus caricias sintió que sus piernas se aflojaban un poco, su ya de por sí acelerado corazón retumbaba en sus oídos con fuerza, necesitaba pedirle, rogarle que no se fuera de su lado, porque ya no sería nada sin Carlota, su Carlota. Con desgana separó su boca para hablar.

-Quiero... no, necesito que te quedes a mi lado –confesó con la respiración entrecortada- porque me di cuenta de que si te vas no me queda nada, no soy nada sin ti.
-Rodrigo, yo –Carlota trataba de contener las lágrimas nuevamente, sin mucho éxito.
-No, solo escúchame. Yo me equivoqué. Esa vez que hablamos y tú me dijiste que me querías, no me di cuenta, pero ahora lo sé y no puedo dejar que te alejes de mí. Por favor, dime que no es demasiado tarde.
Ella lo miraba fijamente, tratando de leer en su mirada sus sentimientos. Desesperación, arrepentimiento y algo que solo podía ser amor era lo que brillaba en su mirada, confirmándolo. Suprimió la sonrisa que iba a soltar mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, porque le creía. Sus ojos, esa mirada carbón que tanto adoraba hablaba con la voz más alta de todas, revelando más de lo que él creía. Se sintió inmensamente feliz, pero aún no se lo diría.
-Carlota –mencionó el nombre como una caricia- dime que te quedarás conmigo.

La desesperación estaba ganando terreno en sus pupilas, pero ella se mantuvo en silencio, observándolo. Al hombre que conoció por casualidad y que ahora era esencial para ella, no pudo evitar pensar que sin duda el destino se jugó sus cartas en el asunto. Ella acudió a la Gran Manzana gracias a una oferta de trabajo, abandonando el rancho de sus amados y sobre protectores padres, en un doble intento también de  independizarse. Y allí, lo encontró, encantada de que él también tuviese raíces sureñas,congeniaron al instante.  Y así sucedió, ya no pudo separarse de ese hombre alto y musculoso, de piel bronceada  y cabello negro y porte orgulloso. Ni de sus ojos negros, que  fueron su perdición, y la persiguieronen muchos sueños. Y si antes no estaba segura, ahora ya no había duda alguna, nunca sería capaz de irse.

Él la miraba ansioso, sus músculos tensos, aguardando la respuesta que cambaría su vida. Aquella que se convertiría en el mejor de sus sueños, o la que daría al traste con todo. ¡Dios! No podría resignarse a perderla por su estupidez, jamás podría soportarlo, así como tampoco soportaba ya las ansias de besarle, y si esa era la coacción que ella necesitaba, con gusto se la daría. Con presteza se acercó a ella, rodeando con sus manos el rostro amado y lo hizo. Los labios de ella parecían seda ante el contacto con los suyos, una seda ardiente e hipnotizadora que lo mantenía cautivo, preso de sus más profundos anhelos. bajó las manos hasta su cintura y la pegó aún más a su cuerpo ansioso. Necesitaba sentirla, tenerla, amarla toda entera.

Su corazón explotaría, estaba seguro, por lo descontrolado que estaba. Jamás ninguna mujer le hizo sentirse así, pero es que jamás había conocido a alguien como ella. Su necesidad crecía en su interior mientras seguía besándola hasta que de repente todo se volvió fuego. Como pudo la tomó en brazos y caminó hasta la que supuso era la habitación. Abrió la puerta con desespero y la tumbó en el colchón. La ropa estorbaba, así que salió volando. Las manos le picaban por tocarla, por recorrer su piel, por sentir el roce de ambas.

Besos, besos y más besos. Y calor, mucho calor.
Esos fueron los últimos pensamientos coherentes de Rodrigo. Afuera seguía calléndose el cielo de tanta agua y seguramente hacía un frío de mil demonios. Pero él no lo sentía. Todo lo que fue capaz de pensar era en la mujer a la que tenía en brazos, a la que estaba haciendo suya y quien permanecería a su lado por el resto de sus vidas. Porque jamás permitiría que alguien la apartara de él, la necesitaba con locura. Porque solo el amor de ella era lo que le daba motivos para ser mejor, le daba seguridad para afrontar cualquier obstáculo y le daba la felicidad que siempre anheló, aún sin darse cuenta.

-Te amo –gimió Rodrigo en medio del ardor de su entrega- Te amo, te amo –repitió. Para que ella jamás dudara que era la única y que nunca habría otra en el mundo para él que no fuera ella.
-También te amo –dijo ella, emocionada por su confesión.

Después de entregarse sin reservas en los brazos del otro, después de intercambiarse los corazones que sabían, eran uno ahora, agotados cayeron rendidos en el colchón. Acurrucados uno en brazos del otro, se dejaron llevar por el sueño. A sabiendas de que al despertar lo primero que verían sus ojos serían los de la persona amada.
**********

Rodrigo despertó lentamente, desperezándose cómodamente entre la tibieza de las mantas. Giró su rostro para deleitarse con la imagen de su Carlota, aún abandonada al sueño entre sus brazos. No conseguía ocultar la inmensa felicidad que le colmaba el pecho, al ver su rostro de ángel, su cabello largo y dorado esparcido por su brazo, como una alfombra de trigo que brillaba como el sol. Y aunque sus ojos estuviesen cerrados, los veía claramente en su mente. Esos ojos verdes que le alumbraban hasta en la peor oscuridad y le llenaban de felicidad. Suspiró profundamente y ella se removió entre su abrazo, provocando una sonrisa llena de ternura por parte de él, que, dándole un beso en la frente, juró una vez más amar sin límites a esa mujer hermosa, inteligente y gentil que ahora era la dueña de su corazón y su alma.


FIN


3 comentarios:

  1. ¡Hola, Dani!
    Es un relato precioso. Muy romántico.
    Mucha suerte.
    Besos,
    Bri

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  2. I’ve been into blogging for quite some time and this is definitely a great post.Cheers!

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  3. Orale me gusto tu blog muy lindo y el relato tambien es increible espero te des una vultita por mi blog y comentes para ver q te paresio ok kuidat y sigue asi

    Saludozz...

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